jueves, 17 de enero de 2013

Unidad 28: Al-Andalus: Política, sociedad y cultura



INTRODUCCIÓN.


1. LA EVOLUCIÓN HISTÓRICA.
1.1. LA CONQUISTA ISLÁMICA.

La crisis de la España visigoda.
El mundo islámico en el momento de la conquista.
La invasión.
La con­quista.
Las debilidades de la conquista.
El retroceso en Francia.
1.2. EL EMIRATO DEPENDIENTE.
1.3. EL EMIRATO INDEPENDIENTE DE CÓRDOBA.

Abd-al-Rahman I.
Hisam I.
Al-Hakam I.
Abd-al-Rahman II.
La crisis de la segunda mitad del siglo IX: Muhammad I, Al-Mundir y Abd Allah.
1.4. EL CALIFATO DE CÓRDOBA.
Abd-al-Rahman III.
Al-Hakam II.
Hisam II y Almanzor.
La crisis final.
1.5. LOS PRIMEROS TAIFAS.
1.6. LOS ALMORÁVIDES.
1.7. LOS SEGUNDOS TAIFAS.
1.8. LOS ALMOHADES.
1.9. LOS TERCEROS TAIFAS.
1.10. GRANADA.


2. ORGANIZACIÓN ADMINISTRATIVA Y MILITAR.
Los emires y califas.
La administración. La Hacienda.
El ejército y la marina.


3. SOCIEDAD.
3.1. LA POBLACIÓN.
3.2. LA SOCIEDAD.

La estructura étnica.
La estructura religiosa.
La estructura social.
La conflictividad étnica, religiosa y social.
3.3. LA VIDA URBANA.
3.4. LA VIDA CAMPESINA.


4. ECONOMÍA.

Evolución.
4.1. ECONOMÍA AGRARIA.
4.2. EL COMERCIO.
4.3. LA ARTESANÍA.
4.4. LA MONEDA.


5. CULTURA.
5.1. LITERATURA.
5.2. FILOSOFÍA.
5.3. CIENCIAS.
Medicina.
Álgebra.


6. ARTE.

6.1. EPOCA OMEYA Y CALIFAL.
6.2. REINOS DE TAIFAS.
6.3. ALMORÁVIDES Y ALMOHADES.
6.4. EL REINO NAZA­RÍ.


7. INFLUENCIA DE AL-ANDALUS EN EUROPA.


INTRODUCCIÓN.

En esta UD se estudia la evolución histórica de la España islámica, conocida como Al-Andalus, entre 711 y 1492, sobre todo la gran época del emirato independiente y del cali­fato omeya de Córdoba. Se expone su estructura política, so­cial y económica, en especial la omeya, la más perfeccionada, y la cultura y el arte de todo este largo periodo.
La importancia del tema se fundamenta en que ocho siglos de historia de España están determinados por la influencia del Islam, que pervivió incluso más tiempo en múltiples aspectos enla Espa­ña de la Reconquista, desde la cultura y el arte, la propiedad te­rri­to­rial y el urbanismo, la estructura social y política.
Un resumen.
La invasión islámica de 711 fue un hito funda­mental en la his­toria de España pues marcó toda su historia medieval y pos­te­rior. Al-Andalus es el término usado por los árabes en la Edad Media para designar la España musulmana; se relaciona con los vánda­los y aparece muy temprano en los textos, ya en 716.
La evolución de Al-Andalus estuvo sujeta a constantes luchas internas y ex­ternas, e influyó en los reinos cristianos del norte de Es­paña y a través de estos en Europa. Podemos di­ferenciar dos grandes periodos, a lo largo de ocho siglos: el primero, hasta el siglo XI, es de predominio islámico; el segundo, hasta el siglo XV, es de predominio cristia­no.





1. LA EVOLUCIÓN HISTÓRICA.
1.1. LA CONQUISTA ISLÁMICA.

La crisis de la España visigoda.
La España visigoda en 711 estaba sumida en una profunda crisis social y política, lo que explica la debi­lidad de la re­sistencia vi­sigoda a la inva­sión.
En lo social el Sur romanizado, con una economía relativamente próspera y una sociedad urbana, contrastaba con el Norte bárba­ro, con una economía pobre y una sociedad rural. Visigodos, hispanorromanos y judíos estaban enfrentados. La masa de la población estaba sometida a servidumbre o esclavi­tud. La contumaz noble­za visigoda se rebelaba contra los sucesivos re­yes, en un proceso de rápida feudalización.
En cuanto a la crisis política, a la muerte del rey Vitiza (710), el pretendiente Rodrigo, duque de la Bética, consiguió el apoyo de parte de la nobleza para despo­seer a Aki­la, el hijo menor de Viti­za, y a partir de entonces, Akila y sus hermanos Olmun­do y Arda­basto, y su tío Oppas, conspiraron contra Rodrigo. Cuando llegó la gran in­vasión en 711, el rey Rodrigo (710-711) estaba some­tien­do una rebelión vascona en Pamplona.
El mundo islámico en el momento de la conquista.


La expansión del Islam (Mapa tomado de Daniel Pipes y Kalipedia.com).

El califato omeya estaba por entonces en un periodo de expansión hacia Occiden­te. Los omeyas habían lanzado fuertes contingentes de beduinos árabes a la conquista del Magreb, que fue muy dura y lenta (30 años) por la resistencia de las tribus bereberes hasta que fueron dominadas por el gobernador Musa ibn Nusayr en 709. Estaba disponible un fuerte ejército, henchido de triunfos, tentado de proseguir su avance, nutrido por los veteranos árabes y ahora también por los bereberes recién sometidos.
La invasión.
Ya en 710 una expe­dición de 400 mu­sulmanes al mando del bere­ber Tarik había de­mostrado la debi­lidad visi­go­da y las grandes posibilidades de ganar botín. El mismo año otra expedición naval saqueó las Baleares, una posesión bizantina muy alejada de sus bases y sin guarniciones suficientes.
Al morir Vitiza en 710, el conflicto dinástico entre su sucesor Rodrigo y el pretendiente Akila provocó que este pi­die­ra ayuda a los mu­sulma­nes. Musa tenía inte­rés en en­viar a los vio­lentos berebe­res a la Pe­nínsula para li­brar­se de ellos y estos querían el botín para compensar la ruina en que les había sumido la reciente guerra.
El general Tarik con­si­guió que le dejara pa­sar el conde Julián, que tal vez fuera el gober­na­dor bizantino de Ceu­ta, pero que según las fuentes árabes era un godo gobernador de Cá­diz (Ga­deyra o Al-haday­ra), posiblemente con la responsabilidad de la seguridad en el Estrecho de Gibraltar. Ta­rik llevó a Algeciras en abril del 711 un ejérci­to de unos 7.000 hom­bres, la mayoría berebe­res a caballo, que vencie­ron sin difi­cultades a Rodrigo en la bata­lla del río Gua­dale­te (ju­lio de 711). El ejérci­to vi­si­go­do había llegado apre­su­rada­mente del nor­te, com­pues­to en gran par­te por siervos mal en­trenados y poco dis­ci­plina­dos, y además Tarik contó con el apoyo de los par­ti­da­rios de Aki­la, que formaban las alas del ejérci­to visi­godo y se vol­vieron contra el centro en plena batalla. Ro­drigo parece que mu­rió en el combate, aunque algunas fuentes señalan su muerte años después en un combate cerca del Duero.
La con­quista.
Acto seguido em­pren­dieron la sis­temática conquista Tarik y gobernador de África, Musa, llegado muy pronto con su hijo Abd-al-Aziz y grandes re­fuerzos, con los que el ejérci­to musulmán ascendió hasta 18.000 hom­bres. Los viti­zanos, que espe­ra­ban que los musulmanes se retirasen pron­to para de­volver el trono a Akila, y los judíos, abrieron las ciu­da­des a los invaso­res, sal­vo en Mérida, ocupada en 713 tras un largo asedio.



La conquista islámica. Mapa tomado de Kalipedia. com.


Aki­la, mientras tanto, creó un reino godo vasallo en el Levante, desde Valencia hasta la Septimania, pero hacia 720 pactó con los musulmanes quedarse con unas tierras a cambio de su abdicación. Hacia 714-716 la lucha militar ya había con­cluido, ex­cepto en los re­fu­gios inaccesi­bles del Nor­te, dema­siado pobre para inte­resar a los nuevos señores.

Los musulmanes fueron recibidos sin resis­tencia por el campesi­nado, los arte­sanos y comerciantes de las ciudades, y los judíos, en suma por todos los oprimidos por los visigodos y que esperaban mejo­rar su condición. Muchos nobles visigodos, como Todmir (Teodomiro) en Mur­cia, no hu­yeron sino que pac­taron mantenerse en sus terri­torios a cambio de sumisión política y ofrecer pagar im­puestos y dar apoyo mi­litar, y la mayoría de los nobles se convertieron muy pron­to al Is­lam: por ejemplo, los Banu Quasi, que serían casi inde­pendientes en Tudela durante los siglos VIII y IX, eran nobles visigodos convertidos.
Las debilidades de la conquista.
La conquista, empero, sufría unas evidentes debilidades: la escasa población islámica para ocupar tan amplio territorio, la nula implan­tación en las zonas montañosas sobre todo en el Norte, y las enconadas luchas entre árabes y bere­beres e incluso entre las distintas tribus de estas dos etnias.
El avance y el retroceso en Francia.
El impulso conquis­tador se extendió hacia Fran­cia. Los ataques comenzaron muy pronto, en 717, saqueando el sur francés y siguieron las expediciones en los años siguientes, por los valles del Ródano y el Garona, hasta llegar al Loira. Se conquis­tó la Narbonense y hacia 730 pare­cía que el débil reino merovin­gio sería el siguiente en caer, pero su mayordomo (un cargo equivalente a ministro principal) Car­los Martel los de­rrotó en la decisiva batalla de Poitiers (732), donde el emir Abd-al-Rahman al-Gafiqui murió jun­to a la mayoría de sus jine­tes, lo que detuvo el avance mu­sulmán e ini­ció su retroceso, además de servir de legitimación a la futura dinastía carolingia, que daría un emperador tan famoso como Carlomagno, nieto del vencedor de Poitiers.
1.2. EL EMIRATO DEPENDIENTE.
El periodo del Emirato Dependiente del Califato de Damasco dura desde 711 a 756. A Musa ibn Nusayr le sucedió en 714 su hijo Abd-al-Aziz, que se casó con Egilona, viuda del rey Rodri­go. Esta­bleció numerosos tratados de capi­tulación con los te­rra­tenien­tes visigodos (Todmir en Murcia, los Banu Quasi en Tudela y los hijos de Vitiza), en los que se les reconocieron sus de­rechos de pro­pie­dad a cambio del pago de una contribución te­rritorial (ja­ray). Fue asesinado cuando, al parecer, planeaba independizar­se.
Le suce­dieron hasta 20 gobernadores, dependientes del emirato africano de Kairúan y sólo a veces nombrados por los califas de Damasco, a lo largo de cuarenta años, marcados por los constantes conflic­tos internos. Las pocas tierras que quedaban para repartir entre los ocupantes árabes y be­reberes debido a los pactos con los nobles visigodos, y los conflic­tos étnicos explican las frecuentes lu­chas intesti­nas, con nu­mero­sas rebe­lio­nes de cris­tia­nos, be­re­beres y ára­bes. Por ejemplo, la gran revuelta be­reber de 740 fue derrota­da por los ára­bes con el apo­yo de un ejército sirio del quraysí Baly que había llegado con 7.000 hom­bres.


1.3. EL EMIRATO INDEPENDIENTE DE CÓRDOBA.

El periodo del Emirato Independiente se extiende entre 756 y 929, cuando fue sustituido por el califato omeya independiente.
Abd-al-Rahman (731-788), un descendiente de los omeyas de Da­masco que habían sido exterminados por los abasíes en 750, llegó a Almería (755) tras pasar grandes peligros, y acau­di­lló una coali­ción de descon­tentos (bereberes, yemeníes y sirios) contra el gobernador abasí Yusuf al-Fihrí. Venció en Alameda, cerca de Córdo­ba, e ins­tauró a los 25 años de edad el emi­rato omeya de Córdoba, declarado oficialmente independiente en 773.
Abd-al-Rahman I.
Abd-al-Rahman I (756-788) fue inde­pen­diente en lo po­lí­tico de Bag­dad, pero fiel a este en los temas re­li­giosos, por lo que se limitó a titu­larse emir (príncipe).
Se apoyó sobre todo en la aris­to­cra­cia siria quray­sí y los clientes ára­bes de los omeyas. Formó un ejército de mercenarios y lu­chó contra nume­rosas rebe­liones de cris­tianos, yeme­níes y bere­beres, y rechazó los inten­tos abasíes de recuperar Al-Anda­lus. Fue el promotor de las pri­meras obras de la gran mez­quita de Córdo­ba.
En su tiempo Car­lo­magno intervino para crear una Marca Hispá­nica al norte del Ebro y apoyar las revueltas de los go­bernado­res fronteri­zos. Conquistó Gerona (785), pero fue derro­tado en Roncesvalles (787) por los hispanos del norte, que tam­bién aprovecharon la debilidad omeya para avanzar hacia el sur.
Hisam I.
Le sucedió Hisam I (788-796), tras una guerra civil con su hermano Sulaiman. Guerreó contra los cristianos y saqueó Oviedo. Adoptó la tradición de la escuela jurídica malikí, muy conservadora.
Al-Hakam I.
Al-Hakam I (796-822) hizo frente a numerosas rebeliones, como la del arrabal de Córdoba en 818, tras la cual numerosos rebeldes fueron exilia­dos a Fez y otros conquistaron la isla de Creta, y la revuelta de Toledo, re­primida en la famosa jornada del foso. Con­troló más estrechamente el va­lle del Ebro, donde se habían rebelado los muladíes Bani Qasi.
Los cristianos se aprovecharon del desorden y avanzaron: Pamplona se independizó (799), los asturianos tomaron Compostela (800) y los francos se apode­raron de Barce­lona (801).
Abd-al-Rahman II.

Abd-al-Rahman II (822-852), ante la inestabili­dad po­lítica de su reino, reorganizó la administración y prosiguió la lucha con­tra los rebeldes mozára­bes, muladíes y bereberes, así como de las ciudades de Mérida, Toledo y los ataques de los cris­tianos del Norte. Asimismo repelió un feroz ataque nor­mando a Sevi­lla (844). En su tiempo surgió la crisis religiosa de los már­tires mozára­bes (850-862). Protegió las letras y las artes, completando la primera ampliación de la mezquita de Córdoba.



Ampliación de Abd-al-Rahman II en la mezquita de Córdoba.

La crisis de la segunda mitad del siglo IX: Muhammad I, Al-Mundir y Abd Allah.
Sus suce­sores, Muhammad I (852-66), Al-Mundir (866-888) y, Abd Allah (888-912) padecieron numerosas y largas revueltas de los muladíes en las marcas fron­te­rizas, sobre todo en Zara­go­za (los Banu Qa­si), Mérida (Ibn Marwan), Toledo (en varias ocasiones), Sevi­lla (se in­dependizó brevemente en 890) y numerosas ciudades, así como de los mozárabes en Andalu­cía, dirigidos por Ibn Haf­sun. El país casi se desin­tegró durante varios decenios en pequeños territorios cuasi independientes, mientras la presión cris­tiana ocu­paba el lado norte del río Due­ro. La úni­ca victo­ria des­tacable fue la con­quis­ta de las Ba­lea­res (902).
1.4. EL CALIFATO DE CÓRDOBA.
Abd-al-Rahman III.
En medio de la gravísima crisis apareció un salvador: el emir Abd-al-Rahman III (912-961) comenzó su gobierno sobre un territorio redu­cido apenas a la capital. Los rebeldes dominaban el resto del país y el emir emprendió duras campañas que extendieron su do­minio por todo Al-Andalus, entre 916 y 932, tomando las pla­zas re­beldes de Bo­bastro (928), Ba­dajoz (930) y Toledo (932), mien­tras que en la lejana Marca Superior recono­cía a los gobernado­res se­miindependientes de Zaragoza, Tudela y Hues­ca, a cambio de que le prestaran servicios fiscales y militares.
Se proclamó califa en 929, independizándose así por com­pleto de Bagdad al completar con un poder religioso su previo poder político. La unidad interior le permitió entonces intervenir más activamente en el exterior, para lo que creó una gran base naval en Almería e inició una política expansiva en el norte de África, ocupando Me­lilla en 927, Ceu­ta en 931 y Tán­ger en 951, en lucha contra el impe­rio fa­timí que se había separado a su vez del califato de Bagdad. Los fatimíes replicaron con el saqueo de Alme­ría en 955 y limitando el dominio omeya a aquellas plazas citadas.
También luchó contra los reinos cris­tianos en las lí­neas fronterizas del Duero y los Piri­neos. Venció en las batallas de Valdejunque­ra (920) y Pam­plo­na (924), aunque fue vencido en San Este­ban de Gormaz (917) y Simancas (939), e intervino en la política interna de León apoyan­do al pretendiente Sancho I.
La re­forma monetaria, basada en el bimetalismo (dinar de oro, dirhem de plata, en una rela­ción 1/10) y el comercio de oro con África a través de la ruta del Sudán, acrecentaron el desa­rrollo económico y comer­cial y permitieron pa­gar la gravosa política centralizadora y militarista. Al-An­dalus era entonces una gran po­ten­cia del Medi­te­rráneo Occiden­tal.
Córdoba era la mayor ciudad de Europa Occidental, compa­rada con exageración por los escritores islámicos incluso con Bagdad. La parte central estaba protegida por una muralla de 4 kilómetros de longitud, con siete puertas. En sus 29 arraba­les vivían entre 100.000 y 250.000 personas. Se amplió el patio y se erigió el alminar de la mezquita, y se amplió el alcá­zar y se construyó la cercana ciudad-palacio de Medi­na al-Zaha­ra. Su escuela de medicina era la primera de Eu­ropa.
Al-Hakam II.
Al Hakam II (961-976) era un califa muy culto, que reunió en Córdoba la mayor biblioteca de Occidente. Su poder se expandió por el nor­te de África, lo que favoreció una masiva inmigración bereber. En conjunto fue un gobierno de paz y prosperidad, simbolizada en la bellísima segunda ampliación de la mezquita de Córdoba.
Hisam II y Almanzor.
Hisam II (976-1009) fue, por el contrario, un ca­lifa dé­bil, some­tido a la autoridad del favorito, el hayib (primer minis­tro) Ibn Abi Amir, llamado Al-Man­sur (en castellano Almanzor, el Victorioso) desde 978, que construyó la ciudad pala­ciega de Medina al-Zahira desde 979 y reorganizó el Estado para hacer la guerra: sus 53 campañas contra los cris­tianos le dieron un gran prestigio. Saqueó entre otras ciudades Zamo­ra (981), Barcelona (985), León (988) y Santiago (997). Mu­rió en Medinace­li tras la indecisa batalla de Catala­ñazor (1002). Pero la política belicista no había logrado au­mentar el te­rritorio y agotó fis­calmen­te al Es­ta­do, aumentando demasiado la importan­cia del ejército mercenario de bereberes y eslavos. Estos fac­tores negativos pre­pa­raron la cri­sis que llegó poco después.
La crisis final.
A la muerte de Almanzor en 1002 sus dos hijos le sucedieron como visires, primero Abd-al-Malik, que siguió sus triunfales campañas, y después Abd-al-Rahman Sanchuelo, que asesinó (1008) a su herma­no y conseiguió que el califa le nombrase sucesor al tro­no, lo que conci­tó la rebe­lión de los nobles omeyas, que le asesinaron. Estalló una larga gue­rra ci­vil (1009-1031), sucediéndose hasta siete califas omeyas tres bereberes de la tribu hamudí, que sus­titu­ye­ron al abdicado Hisam II, ju­guete de in­trigas en­tre todos los ban­dos y que mu­rió en fecha incierta. A la muerte del último cali­fa, Hisam III (1029-1031), se aboli­ó el cali­fato y se consolidó la división del país en 1031. Las ciu­dades pala­ciegas de Medina al-Zahara y Medina al-Zahira fue­ron des­truidas en esta época por los bereberes.
1.5. LOS PRIMEROS TAIFAS.
El periodo de los primeros Taifas dura entre 1010 y 1094 aproximadamente.
Los árabes, bereberes y muladíes organizaron numero­sos Esta­dos, llamados Taifas (banderías o divisiones), de los cuales destacaron por su extensión y duración los árabes de Sevi­lla y Zara­goza, los bereberes de ­Granada, Tole­do, Bada­joz y Albarra­cín, los eslavos de Va­lencia (con una dinastía de descendientes de Almanzor) y Denia (que comprendía las Baleares).





El reino dominante fue el de Sevilla, dirigido por Al-Mu­ta­did y su hijo, el cul­to Al-Mutamid, hasta su deposición por los almo­rávi­des en 1091. La mayoría fueron reinos prósperos y de gran nivel cul­tu­ral, que imitaron la estructura política de Córdoba aun­que nunca se otorgaron la dignidad califal, pero su división y la falta de otra legitimidad que la militar les llevó a sufrir cons­tantes guerras civi­les y entre sí por alcanzar el predominio, lo que favo­re­ció la expan­sión caste­llana desde el Norte, dirigida sobre todo por el rey castellano-leonés Alfonso VI, que con­quistó Toledo en 1085 e impuso cuan­tiosos tributos a los musulmanes, las parias, a fin de mantener una precaria paz.
1.6. LOS ALMORÁVIDES.
La creciente amenaza cristiana provocó la intervención de los almo­rávi­des, un Estado del norte de África muy radical religiosamente, que de­rrotaton a Alfonso VI en Zalaca (1086) y poco des­pués eliminaron a los pri­meros Taifas. Comenzaron unos años de rebeliones de la po­blación musulmana contra los nuevos señores bereberes y de lu­chas contra los cris­tianos. Pronto los almorávides re­cibieron la influencia de Al-Anda­lus y perdieron su ardor bélico.
1.7. LOS SEGUNDOS TAIFAS.
La rebelión en el norte de África de los almohades, todavía más radicales, redujo pronto el poder almorávide y permitió la aparición de los segundos reinos Tai­fas durante unos pocos años, desde 1147 hasta 1172, en lucha contra los almohades que progresaban desde el sur. Destacaron los núcleos de resistencia de Ibn Mardanis en Valencia, Ibn Hamusk en Murcia y, sobre todo, de los almorávides Ibn Ganiya en las Baleares, que pervivieron desde 1146 hasta 1205 e incluso llegaron a amenazar a los almohades en África.
1.8. LOS ALMOHADES.
Los almohades desembarcaron en Al-Andalus en 1150 y se apoderaron del país en la segun­da mitad del siglo XII, con el fin de combatir la ofensiva cristiana. Obtuvieron una gran victoria en Alarcos (1195) pero los al­mohades tam­bién re­ci­bieron la influen­cia enervadora de Al-Anda­lus y comenzaron su decadencia. La lucha entre Castilla, con Alfonso VII y VIII y los musulmanes se man­tuvo empatada hasta la gran bata­lla de las Navas de Tolosa (1212), en la que una cruzada aplas­tó definiti­vamente a los almohades, que ya no se recupera­ron.
1.9. LOS TERCEROS TAIFAS.
Entre 1214 y 1224 aparecieron los terceros reinos Taifas, entre los que destaca el de Granada bajo la dinastía nazarí, iniciada en 1238 por Muhammad I en las actuales pro­vin­cias de Almería, Granada y Málaga, con el título de sultán, el estatus jurídi­co de los gobernantes nazaríes y no el de rey, un término propiamente cristiano.
Otros Estados importan­tes fueron los de Valen­cia, Mur­cia y Sevilla, que al final se unieron con Ibn Hud hasta su ase­sinato en 1238, pero sufrieron la rápida ofensiva cristiana, que los redujo en pocos decenios. En 1225 Fernando III de Casti­lla (en 1230 también rey de León, en una unificación que será definiti­va) invadió An­dalu­cía. Córdo­ba cayó en 1236 y Sevilla en 1248, mientras Granada fue so­metida a vasa­llaje. En el Levante Jaime I de Aragón conquistó las Ba­lea­res: Mallor­ca en 1229, Ibiza en 1235 y Menorca se sometió a va­sallaje hasta su con­quis­ta definitiva en 1284; y conquistó el territorio de Valen­cia en 1232-1250, e incluso Murcia, aunque la entregó a Castilla poco después.
La lucha contra granadinos y benimerines continuó a in­tervalos hasta 1340, fecha de la victoria cristiana del río Salado, y la posterior conquista de las plazas del estrecho de Gibraltar.
1.10. GRANADA.
Granada, desde su constitución como reino en 1238, se con­virtió en el último y esplendo­roso refugio de todos los musul­manes que huían de las tierras con­quistadas por los cristianos. Se mantuvo independiente hasta 1492 gracias, al princi­pio, a la aceptación de un vasallaje que incluía el pago de tributos y prestar ayuda militar a Castilla, aunque hubo esporádicas alian­zas con los be­nimeri­nes con el fin de dominar el estrecho de Gibraltar. La derrota del Salado (1340) puso punto final a estas pretensiones y a su alianza con los benimerines, adoptando desde entonces una política de aislamiento, que se benefició además de la crisis castellana entre 1348 y 1476 para sobrevivir sin graves pérdidas territoriales.
Se calcula que en los 30.000 km² que tenía el reino grana­dino vivían unos 700.000 habitantes. Debido a la relativa gran den­si­dad de población y la proximidad de África, Granada se trans­formó en un gran mercado y en puer­ta de entrada de los pro­ductos orientales en Europa y especial­mente del oro procedente del Su­dán. Los genoveses controlaban su co­mercio exterior, que pasó sobre todo por el puerto de Málaga.
El reino sufrió empero luchas intestinas, debido al poder de la nobleza territorial, y esto debilitó su poder mi­li­tar y preci­pitó el final en el reinado de Abulhasán, quien padeció la di­visión del reino en dos bandos, los zegríes y los abencerrajes, dirigidos respectivamente por su hijo Boabdil y su hermano El Zagal. En 1478 la guerra con los reyes de Castilla y Aragón, el matrimonio de Isabel I y Fernando IV, estalló cuando los granadinos se negaron a pagar el tri­buto y tomaron Zahara, donde pasaron a cuchillo a la población cris­tiana. Los cristianos reaccionaron tomando Alhama en el centro del reino, lo que desencadenó una revuelta en Granada, que elevó al trono a Boabdil, en áspera lucha con su tío El Zagal.
La guerra fue larga (1482-1492) y difícil. La primera fase (1482-1483) consistió en simples guerrillas y golpes de mano. La segun­da fase fue mucho más metódica en la toma de las ciudades mediante si­tios con abundante artillería, y se aisló pro­gresivamente la capital con la toma de Málaga (1487), Almería (1489), hasta llegar al largo asedio de Granada (1489-1492), con cuya caída ter­minó en 1492 la conquista del último re­ducto musulmán en la Penín­sula. Los musulmanes lograron en la rendición un acuerdo de respeto de su religión y cul­tura, que a la larga no fue cumplido, pues en 1502 Cisneros les obligó a convertirse o partir al exilio, naciendo entonces el pro­blema de los moris­cos, los musulmanes convertidos exteriormente al cristianismo pero que conservaban su religión, lengua y costumbres.


2. ORGANIZACIÓN ADMINISTRATIVA Y MILITAR.

Este capítulo estudia el modelo omeya, el más repre­sentativo de Al-Andalus.
Los emires y califas.
El emir Abd-Al-Rahman II fue el más importante reorganizador de la ad­ministración, implantando un modelo de centralización del gobierno.
Los emires controlaban inicialmente el poder político y militar, pero no el religio­so, que se reconocía al califa de Bag­dad. Pero desde que el emir Abd-Al-Rahman III se proclamó ca­li­fa en 929, reunió el po­der políti­co, mi­litar y reli­gio­so, sólo media­tizado este por el Co­rán y la Tradición. No había un orden sucesorio establecido, lo que provocó frecuentes guerras civiles y derrocamientos, y a la postre favoreció el final de la dinastía omeya.
La administración.
Los altos cargos eran nombrados por el emir o califa.
El hayib era el primer mi­nistro y los wa­sir eran los mi­nis­tros (vi­sires). Las provincias tienen sus valíes (go­bernado­res) y había marcas mi­litares go­bernadas por caídes (generales). También se llamaba cadíes a los jueces y adminis­trado­res de las ciu­dades. Los cargos locales de provincias y ciudades a menudo se rebela­ron en situaciones de crisis y consiguieron la independencia, como ocurrió con los reinos Taifas.
La Hacienda.
La Hacienda se nutría del diezmo (limosna) de los musul­manes, y so­bre las po­bla­ciones cristiana y judía (hasta su con­versión) los impuestos personal (yizya), territo­rial sobre la pro­piedad (ja­ray), sobre el gana­do y los mercados (gabala). Al final estos impuestos se extendieron sobre toda la población, al disminuir las rentas por la conversión de la mayoría de los cristianos. Ade­más había las ren­tas de las pro­pie­da­des del emir y el botín de las campa­ñas (ga­ni­ma).
El ejército y la marina.

El ejército era numeroso. Se distinguía el servicio volun­tario para las guerras santas (muy poco organizado y entrenado, su valor militar era escaso), un pequeño ejército pro­fesional des­tacado en las for­talezas de la fronte­ra y el ejército acan­tonado en Córdoba, formado por los merce­narios cris­tianos, es­lavos y bereberes, que eran el verda­dero núcleo del ejército de campaña con Almanzor y serían la per­di­ción del califato a prin­cipios del siglo XI. El papel de los mercenarios creció más en los siglos siguientes.
La marina comenzó a formarse con Abd-al-Rahman II para combatir a los piratas normandos, y alcanzó su cenit en el siglo X con Abd-al-Rahman III, contando con puer­tos en Al­mería, Algeciras, Sevilla, Denia y Tortosa.
El poder religioso.
Los omeyas se apoyaron en la secta malakí, de credo ortodoxo y pu­ritano, para oponerse al califato abasí, más tolerante. La organización poco jerárquica del sacerdocio musulmán y la multiplicidad de sectas, la mayoría radicales, favoreció la división interna de Al-Andalus.


3. SOCIEDAD.

Nuevamente el modelo del periodo omeya es representativo de todo el periodo.
3.1. LA POBLACIÓN.
La población era de unos 7 millones de habitantes en el periodo más próspero, en el siglo X, concentrada en los valles del Guadalqui­vir y Ebro, siendo las Mesetas zonas bastante despo­bladas, es­pecialmente la submeseta norte. En con­traste, los reinos cris­tianos, todos juntos, no debían tener más de medio millón de habitantes.
3.2. LA SOCIEDAD.
La estructura étnica.
El pueblo musulmán (al amma) reúne a todos los adeptos al Islam, sin establecer diferencias étnicas y sociales, pero en la práctica hay una rígida separación.
La minoría árabe, organizada en tribus, se estableció en los latifundios del valle del Guadalquivir y dominaba el poder político.
Los bereberes integraban la mayoría de los invasores y se establecieron en la Meseta como ganaderos y como mercenarios en el ejército. Llegó una masiva emigración bereber en el siglo X.
Los eslavos y otros grupos minoritarios, llegados como esclavos y a menudo liberados después, ocuparon importantes cargos en el ejér­cito y la administración. En cambio, los esclavosnegros libertos no consiguieron progresar, aunque eran importantes demográficamente en algunas zonas como Huelva.
Los hispanovisigodos eran la in­men­sa mayoría, aunque divi­didos en conversos al Islam (muladíes, mawlas o maulas) y cristianos (mozárabes).
La estructu­ra religio­sa.
La división en tres religiones irreconciliables en el fon­do marcó el desarrollo de la sociedad de Al-Andalus. Los prime­ros siglos fueron de aceptable convivencia, rota desde el siglo XI. En 863, bajo Muhammad I, llegó a celebrarse un concilio conjunto de las tres religiones.

Los musulmanes se dividían entre la minoría de origen ára­be y los conversos (los bereberes y los muladíes hispanovisigodos). En general trataron a los cristianos y los judíos con gran respeto durante los primeros siglos, pues eran “gente del Libro” (la Biblia), pero el fanatismo creció a partir del siglo XI, con la llegada de los radicales almorávides y almohades, y se perdió la tradición de tolerancia.
Los judíos eran numerosos, so­bre todo en las ciuda­des (To­ledo, Córdoba, Sevilla, Granada, Lucena, Zaragoza, Palma de Mallorca), y desempeñaban ofi­cios li­be­rales, de artesanía, comercio, finan­zas... Ocupa­ron importan­tes cargos durante los periodos del Califa­to y los Taifas, pero su­frieron persecu­cio­nes religio­sas también desde el siglo XI, por el fana­tismo de los almo­rá­vides y al­mohades, por lo que la mayoría emigró a la España cristiana.
Los hispanovisigodos se dividie­ron en dos grupos, de acuerdo a su reli­gión. El grupo mayoritario al final fue el de los mula­díes. Los mo­zárabes fueron bien tra­tados en general, salvo cuando hacían proselitismo en público, lo que provocó algunos martirios. Man­tuvieron su fe cristia­na, sus leyes y costum­bres; pa­gaban un impuesto personal (yiz­ya) y un tributo terri­torial (jaray). Muchos se islamizaron en cos­tum­bres y len­gua, un primer paso hacia su posterior conversión al Islam.
En los territorios reconquistados por los cristianos los musulmanes se que­daron a menudo como una pobla­ción dominada, formando los mudéjares, más tarde llamados mo­riscos. Al principio los reinos cristianos les respetaron, pero creció la intolerancia y aca­baron concentrán­dose en Valen­cia y Aragón, dedicados sobre todo a trabajos agríco­las, arte­sanales y de albañilería.
La estructura social.
La estructura social reproducía en gran parte la anterior división étnica y religiosa.
La aristo­cracia (jassa) era el pi­lar de la dinastía ome­ya y se re­ser­vaba los me­jores puestos de la adminis­tración civil y mili­tar, así como el co­mercio y la ex­plotación de las mejores tie­rras, sin pagar impuestos.
La burguesía urbana estaba formada por comerciantes, arte­sanos, funcionarios... Muchos eran judíos, eslavos y mozárabes.
La plebe urbana era la mano de obra y estaba formada por campesinos emigrados, tanto muladíes como mozárabes.
El campesinado era el grupo mayoritario, dedi­ca­do a la agri­cultura, sobre todo los muladíes y mozárabes, y a la ganadería lanar y caprina, en espe­cial los pas­to­res be­rebe­res. Los esclavostenían una condición social bastante aceptable porque podían manumitirse si se conver­tían al Islam. Eran la base del poder militar del califa y los provenientes de Rusia (eslavos, de donde viene la palabra es­clavo) llegaron a fundar reinos de Taifas en Valencia y Denia (que incluía Mallor­ca).
La conflictividad étnica, religiosa y social.
La aristocracia se dividía por su origen étni­co en dos grupos histó­rica­mente enfrentados: la nobleza de san­gre ára­be, descendiente de los primeros conquistadores, y la nobleza de ser­vicio formada por esla­vos y bereberes, de origen posterior.
Los mula­díes recién con­ver­ti­dos al Is­lam eran tra­ta­dos como ciu­da­danos de segunda y so­metidos a la opre­sión fis­cal, por lo que eran muy procli­ves a la rebe­lión, bajo una legi­tima­ción reli­giosa y so­cial.
La islamización de muchos mozárabes, al final del siglo IX, provocó que ­San Eu­lo­gio de Cór­doba encabezase un movi­miento de oposición que pro­ponía un retor­no a los princi­pios cristia­nos y un recha­zo de la orientaliza­ción, y los musulmanes reaccionaron con condenas por los delitos de blasfemia a Alá y Mahoma, que produjeron muchos mártires. Más tarde, los mozá­rabes sufrieron la represión de los almorá­vi­des, hacia 1100, lo que for­zó a la mayoría a emigrar al Norte cristiano, don­de repo­blaron mu­chos te­rrito­rios.
Además, los campesinos llegados a las ciudades no se adap­taban fácilmente a la vida urbana. En suma, la pobreza y la marginación social explican la gravedad de los problemas de delin­cuencia y bandolerismo que fueron endémicos en Al-Anda­lus en las peores épocas de crisis.
Esta conflictiva división étnica y social, junto a los aconte­cimientos políticos (la caída del Califato, las luchas de los Taifas, la Reconquista cristiana y las invasiones de almo­rávi­des y al­moha­des) explican en gran parte la decaden­cia de la sociedad musulmana de Al-Andalus, incapaz de competir con unos reinos cristianos mucho más homogéneos.
En el reino de Granada, en cambio, hubo una notable homo­geneidad étnica y religiosa, pues casi toda la población se había fusionado y era musulmana. Empero, persistieron las diferencias tribales heredadas, lo que explica muchas de las gue­rras civi­les del reino nazarí.
3.3. LA VIDA URBANA.
El modo de vida islámico es predominantemente urbano, de­dicada al comercio y la artesanía. Muchas ciudades actuales conservan aún la caótica estructura urbana propia de las ciuda­des islámicas. La cultura árabe fue el patrón de vi­da, aunque se hablaba por lo general una lengua arábigo-romance, mezcla del árabe y del latín. Pero la mayoría de la población era cam­pesina y era proclive a la heterodoxia y la revuelta.

Las ciudades más importantes eran Córdoba, con unos 200.000 habitantes en el siglo X (las fuentes escritas exageran su importan­cia), seguida a mayor distancia por Sevilla, Málaga, Alme­ría, Va­lencia, Zaragoza, Badajoz, Toledo, Murcia o Palma de Mallorca (llamada Madina Mayurqa).



Modelo de ciudad islámica con ciudadela en la parte superior, medina central y arrabales.


La ciudad se dividía en una medina central, a menudo protegida por una muralla interior, y unos arrabales exteriores sin tanta protección. En la me­dina se hallaba la mezquita principal (aljama), el alcázar mi­litar y el zoco. En los arrabales se asentaban por zonas los diferentes grupos sociales y étnicos.
3.4. LA VIDA CAMPESINA.
Después de los primeros años de liberación del campesinado vol­vió la servidumbre, con una pre­sión fiscal agobiante y mu­chos campesinos emigraron a las ciudades.
La aristocracia árabe se apoderó de las mejores tierras abando­nadas durante la con­quista y des­pués de ella durante las gue­rras civiles y las re­vueltas. Mu­chos nobles visigodos con­serva­ron sus tierras y ren­tas al someterse. Las tierras abando­nadas se dividieron entre el Estado (1/5) que las explotaba o arren­daba, y los jefes con­quista­dores (4/5), siendo explotadas por un régimen de aparce­ría, por el cual el cultivador (xaric) en­tregaba entre 1/4 y un 1/2 al propietario (amir).
La ma­yoría de los cam­pesi­nos eran mula­díes y mozá­ra­bes, vi­vien­do como co­lo­nos, apar­ceros y peque­ños pro­pietarios.
Los be­rebe­res vivie­ron sobre todo en las mon­ta­ñas, dedica­dos a la ganade­ría lanar y caprina.


4. ECONOMÍA.

Evolución.
Hay tres etapas en la economía:
1) Una autarquía agraria, del 711 al 830, marcada por la ocupación de los la­tifundios hispanovisigodos.
2) Un desarrollo de la economía co­mer­cial-monetaria, hasta el 1000, salvo depresiones (880-925) oca­sionadas por la interrup­ción de la ruta del Sudán.
3) Una etapa de decadencia, desde el 1000. Los pagos de las parias a los reinos cristianos y el posterior dominio de los almorávides y almohades interrumpió la prosperidad, recuperada al final en el pequeño reino de Granada.
4.1. ECONOMÍA AGRARIA.

La economía era fundamentalmente agraria.

Se basaba en la agricultura de secano de los cereales y el oli­vo, dedicando la escasa vid a las pasas, y la agricultura de rega­dío, con magníficos sis­temas hidráulicos (canal y acequia son pa­la­bras árabes) y nuevos cul­tivos (arroz, algodón, naran­jos, limo­neros, caña de azúcar).
La gana­dería era extensiva, destacando la ovina, la caprina y la mular.
4.2. EL COMERCIO.
El comercio enri­que­ció a una minoría social, con una fuerte repre­sen­ta­ción de judíos bien relacionados en el resto del mundo musulmán. Los zocos urbanos y los edificios de­dicados al comer­cio (alcai­ce­rías y alhóndigas) es­taban reple­tos de tiendas y talleres.
Al-An­dalus era el puente entre el Islam y Occi­dente, con un activo intercambio de artículos de lujo (seda, papel, armas, joyas, libros, especias), oro, pla­ta, esclavos y ganado. Los puertos más importantes eran Alme­ría, la vecina Pechina (du­rante un tiempo incluso fue una república maríti­ma), Má­laga, Sevi­lla, Valencia... Se exporta­ban productos tex­ti­les a Egipto, a la Meca y al lejano Ye­men, espe­cialmente telas teñi­das.
Era esencial su papel en la ruta del oro del Sudán, desde Tombuctú al Mediterráneo, que pasaba a través de Al-Andalus a Europa. El comercio con Orien­te fue mucho má­s intenso en la época ca­lifal que du­rante las épo­cas de crisis de los siglos XI-XIII y durante el periodo nazarí. No obstante, Gra­nada continuó man­te­nien­do una importan­te acti­vidad artesanal y comer­cial.
4.3. LA ARTESANÍA.
La artesanía era de una calidad excelente, especialmente en telas, curtidos en piel y cerámica. La fama de las telas cordobesas y granadi­nas era reconocida y apreciada por todo el mundo islámico. La industria naval (Almería) y de armas (Toledo) era muy prós­pera.
4.4. LA MONEDA.
El sistema monetario omeya, un bimetalismo de dinares de oro y dirhems de plata oros, se difundió por la España cristiana y por Europa, e incluso la reforma monetaria de Carlomagno en 780 se basó en el dirhem cordobés. Abd-al-Rahman II se vio obligado a acuñar feluses de bronce, lo que provocó una fuerte inflación, pero la salud monetaria se recuperó en época de Abd-al-Rahman III, que promulgó su monopolio de la acuñación al principio de su emirato en 912, con un bimetalismo de los dinares de oro y los dirhems de plata, con una relación 1/10, y supri­mió los feluses.
Perduró este sistema hasta el siglo XIII, cuando la ruta del Sudán se desvió en parte hacia Egipto y en parte hacia Portugal y Genova, lo que disminuyó el suministro de oro.


5. CULTURA.
5.1. LITERATURA.


Destaca, como en todo el Islam, la poesía, que pronto se arabizó por completo al difundirse la lengua árabe y el Islam entre la población autóctona. Pero se conservó la lengua roman­ce, hablada por gran parte de la población mozárabe y muladí.
Las influencias literarias predominantes eran la cristiana y la oriental (el cantor bagdadí Ziryab introdujo la moda abasí en época de Abd-al-Rahman II). Las bibliotecas de Córdoba eran fa­mosas. En la época califal el amor por los li­bros y la cultura eli­tista llegó a su esplendor, con la biblio­teca de Al Hakam II y su círculo de intelec­tuales, casi todos poetas, Al-Gazal, Ibn Da­rray, Ibn Hayyam, Ibn Suhayd e Ibn Hazm, autor del célebre El Collar de la Paloma, un poe­ma-tratado del amor. Entre los his­toriado­res des­tacan Ahmad al-Razi, con Crónica del moro Rasís, y Al-Jusaní, con Historia de los jueces de Córdoba.
5.2. FILOSOFÍA.
La ortodoxia de la secta de los malakíes explica que la filosofía ape­nas se desarrollará en la época omeya. Pero a partir del siglo XI se difundió con fuerza. Destacan Ibn Musarra y, sobre todo, Ave­rroes (Córdoba, 1126-Marraquech, 1198), que fue médico (discípulo de Abentofail), as­tró­nomo, jurista y filó­sofo; concilió la teo­logía islámica con la fi­losofía aris­toté­lica en Comentarios a Aristóteles y otras obras, e influyó mu­cho en Eu­ropa; como médico escribió las Genera­lidades.
El fi­lósofo judío Maimó­ni­des (Córdoba, 1135-El Cairo, 1204), tuvo que abando­nar la península por la intransigen­cia religiosa de los almoha­des. Escribió la Guía de los perplejos, concilian­do la filosofía de Aristóteles, los neoplatónicos griegos y árabes y la religión judía. Se dedicó a la medi­cina, llegó a ser médico de la cor­te de Sa­ladi­no y re­dactó nu­merosos trata­dos de ciencia médi­ca, destacando Aforismos y Tratado de dietética e higiene.
5.3. CIENCIAS.
En contraste fue extraordinario el desarrollo científico: medicina, álgebra, astronomía (Tablas Toledanas de Azarquiel), agricultu­ra (Libro de agricultu­ra de Ibn Wafid)... Las fuentes fueron las traducciones del griego y la experimentación.
Medicina.
Destacan Abentofail, Abulcasim (autor de la Cirugía), Aban Choco, Al-Zarahwi. Médicos y los filósofos Averroes y Maimónides. La mayoría de los médi­cos eran judíos.
Álgebra.
Las matemáticas su­frieron la oposi­ción religiosa de los juristas ortodoxos de Córdoba. Destacan Ibn Nasar (Libro de las dimensiones descono­cidas), Maslama ibn Al-Kasim y Abderramán Ibn Ismail (un com­pendio del Organon de Aristóte­les).



6. ARTE.
El arte islámico es de procedencia oriental, aunque en Al-Andalus está marcado por las influencias visigodas, como el arco de herradura, y romanas. Debido a las creencias religiosas contrarias a la figuración tuvieron escasa importancia las artes plásticas de la pin­tu­ra y la escultu­ra, pero en cambio destacan las artes decorativas, en las que predomina la decoración geométrica (alicata­do), vegetal (atau­rique) y escri­ta (cúfica).
El urbanismo es típico del Islam, de trazado irregular y espacios intimistas. La arquitectura es el arte más importante y se concentra en mezqui­tas y palacios, con ele­mentos característicos de Al-Anda­lus: colum­na, arco de he­rradura, bóveda de arista, cúpula. Los materiales son pobres. Destacan los jar­dines y patios con es­tanques.
6.1. EPOCA OMEYA Y CALIFAL.

Destaca la mezquita de Córdoba, una obra maestra del Occi­dente islá­mi­co. Su obra evolucionó a través de la historia: Abd-al-Rahman I la construyó sobre la an­tigua igle­sia vi­si­goda de San Vicente, según el modelo sirio, aunque con una superposi­ción de arcos típicamente andalusí. Hisam I edificó el pri­mer alminar. Abd-al-Rahman II hizo la primera ampliación de la sala de oració. Abd-al-Rahman III realizó el nuevo alminar, la ampliación del patio y la reforma de la fa­cha­da al pa­tio. Al-Hakam I consiguió la más importante y bella ampliación y Alman­zor culmi­nó la última amplia­ción, la más grande pero la menos bella.
Cerca de Córdoba se fundaron dos ciudades-palacio. La de Medina-al-Zahara es un recinto mu­ra­do, dotado de acueducto, puentes, alcazaba y una zona pala­ciega. De la otra gran ciudad palaciega, Madina-al-Zahira, apenas queda na­da.
6.2. PRIMEROS REINOS DE TAIFAS.

Predomina la arquitectura defensiva, aunque también tene­mos hermosos baños y la Al­jafería de Zaragoza.
6.3. ALMORÁVIDES Y ALMOHADES.
Destacan sus obras en Sevilla, con las murallas, la Mez­quita, la Gi­ral­da, la Torre de Oroy el Alcázar.
6.4. EL REINO NAZA­RÍ.

Destacan dos obras magnas: la Alhambra, un gran conjunto palaciego que es el mejor modelo islámico de su época, y el Ge­ne­ralife, un jardín islámico con pabellones. La Alhambra se organiza alrededor de dos partes fundamentales: el cuarto de Comares y el cuarto de los Leones, con dos grandes patios ajar­dinados que comunican con salones, baños, miradores... profu­samente decora­dos con mocárabes de yesería y cerámica vidriada.


7. INFLUENCIA DE AL-ANDALUS EN EUROPA.

Al-Andalusu fue el puente comercial con la Europa cristiana para muchos productos del Islam, desde el oro subsahariano que activó el comercio en el Románico, has­ta los esclavos y los objetos de lujo, pasando por los nuevos cultivos de hortalizas, cítricos y frutales.
En la cultura transmitió las mayores obras clásicas de la Antigüedad, a través de las traducciones al árabe. En las ciencias su influencia en la medicina, el álgebra, la química... fue determinante. El arte islámico se difundió asimismo en el arte mozárabe y el mudéjar en la España cristiana y parece probable que la cúpula califal y la bicromía de las dovelas de los arcos islámicos influyeron en el románico, así como el arco apuntado llegó al gótico europeo a través de los modelos de Al-Andalus y el norte de África.





BIBLIOGRAFÍA.
AA.VV. Cuadernos de Historia 16: nº 21. Así nació el Islam. nº 25. Los Omeyas. nº 29. Los Abbasíes. nº 33. El Islam, siglos XI-XIII. nº 41. La disgregación del Islam. 31 pp. cada uno.
Arié, Rachel. España musulmana (siglos VIII-XV). 1983. 558 pp. Vol. III. en Tuñón de Lara, Manuel (dir.). Historia de Es­paña Labor. Labor. Barce­lona. 1980. 14 vols.
Barkai, Ron. Cristianos y musulmanes en la España medie­val (El enemigo en el espejo). Rialp. Madrid. 1984. 301 pp.
Bosch Vilá, Jacinto. Los almorávides. Universidad de Granada. Granada. 1998. 362 pp.
Chejne, Anwar G. Historia de la España Musulmana. Cátedra. Madrid. 1980. 432 pp.
Collins, Roger. España en la alta Edad Media. Crí­tica. Barcelona. 1986 (1983 inglés). 387 pp.
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García de Cortázar, J.A. La época medie­val. Vol. II. 570 pp. en Artola, M. (dir.). Historia de España Alfaguara. Alianza. Ma­drid. 1973.
González Palencia, Ángel. Historia de la España Musulmana. Labor. Barcelona. 1932 (1ª 1925). 224 pp.
Greus, Jesús. Así vivían en Al-Andalus. Anaya. Madrid. 1988­. 96 pp.
Guichard, Pierre. Al-Andalus. Estructura antropológica de una sociedad islámica en Occidente. Barral editores. Barcelona. 1976. 616 pp.
Ladero Quesada, Miguel Ángel. Granada. Historia de un país islámi­co (1232-1571). Gredos. Madrid. 1969. 198 pp.
Lévi-Provenzal, Evariste. La España Musulmana. Espasa-Calpe. Madrid. 1996. 838 pp.
Martín, José Luis. La Península en la Edad Media. Teide. Barce­lona. 1976. 967 pp.
Mitre, Emilio. La España Medieval. Istmo. Madrid. 1979. 392 pp.
Reilly, Bernard. Cris­tianos y musulmanes 1031-1157. Vol. VI. 300 pp. en Lynch, J. (dir.).Historia de España Críti­ca. Críti­ca. Barcelo­na. 1992.
Watt, William Montgomery. Historia de la España Islámica. Alianza. Madrid. 2001 (1970). 209 pp.


PROGRAMACIÓN.
AL-ANDALUS: POLÍTICA, SOCIEDAD Y CULTURA.
UBICACIÓN Y SECUENCIACIÓN.
ESO, 2º ciclo.
Eje 2. Sociedades históricas y cambio en el tiempo. Bloque 4. Sociedades his­tóricas. Núcleo 3. Las sociedades medieva­les.
- Al-Andalus y los reinos cristianos en la Península y otros territorios españoles actuales. Religiones y culturas cristiana, islámica y judaica en la España medieval.
RELACIÓN CON TEMAS TRANSVERSALES.
Relación con los temas de Edu­cación Moral y Cívica, Edu­cación para la Paz.
TEMPORALIZACIÓN.
Cuatro sesiones de una hora.
1ª Documental. Diálogo, con evaluación previa. Exposición del profesor. Cuestiones.
2ª Exposición del profesor. Cuestiones.

3ª Exposición del profesor, de refuerzo y repaso. Esquemas, mapas, línea de tiempo, comenta­rios de tex­tos.
4ª Exposición del profesor, de refuerzo y repaso. Esquemas, co­mentarios de textos, cuestiones planteadas por pro­fesor.
OBJETIVOS.
Conocer la civilización islámica en su primera época de formación y expansión.
Interesarse por otras civilizaciones.
Realizar esquemas, comentarios de textos, mapas históri­cos.
CONTENIDOS.
A) CONCEPTUALES.
La civilización islámica en España.
La conquista y el periodo dependiente de Damasco.
El emirato y el califato omeya de Córdoba. La crisis.
La desintegración de la unidad en los reinos de Taifas.
El periodo almorávide-almohade.
El reino nazarí.
El Estado de Al-Andalus en época omeya.
La sociedad y la economía.
La cultura y el arte.
B) PROCEDIMENTALES.
Tratamiento de la información: realización de esquemas del tema.
Explicación multicau­sal de los hechos históricos: en co­mentario de textos.
Indagación e investigación: recogida y análisis de da­tos en enciclopedias, manuales, monografías, artículos...
C) ACTITUDINALES.
Rigor crítico y curiosidad científica.
Tolerancia y solidaridad.
Valorar la solución pacífica de los conflictos nacionales.
METODOLOGÍA.
Metodología expositiva y participativa activa.
MOTIVACIÓN.

Un documental sobre la Córdoba omeya.
ACTIVIDADES.
A) CON EL GRAN GRUPO.
Exposición por el profesor del tema.
B) EN EQUIPOS DE TRABAJO.
Realización de una línea de tiempo sobre el proceso.
Realización de una pirámide social sobre la sociedad is­lámica y explicación. Comparar con la pirámide de la sociedad romana.
Realización de es­quemas so­bre los aparta­dos.
Glosario de los términos más importantes: emirato, califa­to, taifas, árabe, mozárabe, muladí, bereber...
Realización de mapas sobre la expansión del Islam en Espa­ña y sobre su decadencia.
Comentarios de textos sobre la religión, sociedad y cultu­ra islámicas, como la ciudad de Córdoba, la condición de la mujer, la descripción de Al-Zuhri de las Baleares, etc.
Hacer un pequeño trabajo de indagación, con una síntesis escri­ta, sobre la islamización de las Baleares.
C) INDIVIDUALES.
Realización de apuntes esquemáticos sobre la UD.
Participación en las actividades grupales.
Búsqueda individual de datos en la bibliografía, en debe­res fuera de clase.
Contestar cuestiones en cuaderno de trabajo, con diálogo previo en grupo.
RECURSOS.
Presentación digital con esquemas, textos, imágenes y mapas.
Libros de texto, manuales.
Fotocopias de textos para comentarios.
Cuadernos de apuntes, esquemas...
Documental.
EVALUACIÓN.
Evaluación continua. Se hará especial hincapié en que se com­prenda la relación entre los procesos de Al-Andalus y del resto del Islam, y de la España cristiana.

Exa­men incluido en el de otras UD, con breves cues­tiones y un comentario de texto.
RECUPERACIÓN.
Entrevista personal con el alumno.
Realización de actividades de refuerzo: esquemas, comenta­rio de textos...
Examen de recuperación (junto a las otras UD).

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jueves, 17 de enero de 2013

Unidad 28: Al-Andalus: Política, sociedad y cultura



INTRODUCCIÓN.


1. LA EVOLUCIÓN HISTÓRICA.
1.1. LA CONQUISTA ISLÁMICA.

La crisis de la España visigoda.
El mundo islámico en el momento de la conquista.
La invasión.
La con­quista.
Las debilidades de la conquista.
El retroceso en Francia.
1.2. EL EMIRATO DEPENDIENTE.
1.3. EL EMIRATO INDEPENDIENTE DE CÓRDOBA.

Abd-al-Rahman I.
Hisam I.
Al-Hakam I.
Abd-al-Rahman II.
La crisis de la segunda mitad del siglo IX: Muhammad I, Al-Mundir y Abd Allah.
1.4. EL CALIFATO DE CÓRDOBA.
Abd-al-Rahman III.
Al-Hakam II.
Hisam II y Almanzor.
La crisis final.
1.5. LOS PRIMEROS TAIFAS.
1.6. LOS ALMORÁVIDES.
1.7. LOS SEGUNDOS TAIFAS.
1.8. LOS ALMOHADES.
1.9. LOS TERCEROS TAIFAS.
1.10. GRANADA.


2. ORGANIZACIÓN ADMINISTRATIVA Y MILITAR.
Los emires y califas.
La administración. La Hacienda.
El ejército y la marina.


3. SOCIEDAD.
3.1. LA POBLACIÓN.
3.2. LA SOCIEDAD.

La estructura étnica.
La estructura religiosa.
La estructura social.
La conflictividad étnica, religiosa y social.
3.3. LA VIDA URBANA.
3.4. LA VIDA CAMPESINA.


4. ECONOMÍA.

Evolución.
4.1. ECONOMÍA AGRARIA.
4.2. EL COMERCIO.
4.3. LA ARTESANÍA.
4.4. LA MONEDA.


5. CULTURA.
5.1. LITERATURA.
5.2. FILOSOFÍA.
5.3. CIENCIAS.
Medicina.
Álgebra.


6. ARTE.

6.1. EPOCA OMEYA Y CALIFAL.
6.2. REINOS DE TAIFAS.
6.3. ALMORÁVIDES Y ALMOHADES.
6.4. EL REINO NAZA­RÍ.


7. INFLUENCIA DE AL-ANDALUS EN EUROPA.


INTRODUCCIÓN.

En esta UD se estudia la evolución histórica de la España islámica, conocida como Al-Andalus, entre 711 y 1492, sobre todo la gran época del emirato independiente y del cali­fato omeya de Córdoba. Se expone su estructura política, so­cial y económica, en especial la omeya, la más perfeccionada, y la cultura y el arte de todo este largo periodo.
La importancia del tema se fundamenta en que ocho siglos de historia de España están determinados por la influencia del Islam, que pervivió incluso más tiempo en múltiples aspectos enla Espa­ña de la Reconquista, desde la cultura y el arte, la propiedad te­rri­to­rial y el urbanismo, la estructura social y política.
Un resumen.
La invasión islámica de 711 fue un hito funda­mental en la his­toria de España pues marcó toda su historia medieval y pos­te­rior. Al-Andalus es el término usado por los árabes en la Edad Media para designar la España musulmana; se relaciona con los vánda­los y aparece muy temprano en los textos, ya en 716.
La evolución de Al-Andalus estuvo sujeta a constantes luchas internas y ex­ternas, e influyó en los reinos cristianos del norte de Es­paña y a través de estos en Europa. Podemos di­ferenciar dos grandes periodos, a lo largo de ocho siglos: el primero, hasta el siglo XI, es de predominio islámico; el segundo, hasta el siglo XV, es de predominio cristia­no.





1. LA EVOLUCIÓN HISTÓRICA.
1.1. LA CONQUISTA ISLÁMICA.

La crisis de la España visigoda.
La España visigoda en 711 estaba sumida en una profunda crisis social y política, lo que explica la debi­lidad de la re­sistencia vi­sigoda a la inva­sión.
En lo social el Sur romanizado, con una economía relativamente próspera y una sociedad urbana, contrastaba con el Norte bárba­ro, con una economía pobre y una sociedad rural. Visigodos, hispanorromanos y judíos estaban enfrentados. La masa de la población estaba sometida a servidumbre o esclavi­tud. La contumaz noble­za visigoda se rebelaba contra los sucesivos re­yes, en un proceso de rápida feudalización.
En cuanto a la crisis política, a la muerte del rey Vitiza (710), el pretendiente Rodrigo, duque de la Bética, consiguió el apoyo de parte de la nobleza para despo­seer a Aki­la, el hijo menor de Viti­za, y a partir de entonces, Akila y sus hermanos Olmun­do y Arda­basto, y su tío Oppas, conspiraron contra Rodrigo. Cuando llegó la gran in­vasión en 711, el rey Rodrigo (710-711) estaba some­tien­do una rebelión vascona en Pamplona.
El mundo islámico en el momento de la conquista.


La expansión del Islam (Mapa tomado de Daniel Pipes y Kalipedia.com).

El califato omeya estaba por entonces en un periodo de expansión hacia Occiden­te. Los omeyas habían lanzado fuertes contingentes de beduinos árabes a la conquista del Magreb, que fue muy dura y lenta (30 años) por la resistencia de las tribus bereberes hasta que fueron dominadas por el gobernador Musa ibn Nusayr en 709. Estaba disponible un fuerte ejército, henchido de triunfos, tentado de proseguir su avance, nutrido por los veteranos árabes y ahora también por los bereberes recién sometidos.
La invasión.
Ya en 710 una expe­dición de 400 mu­sulmanes al mando del bere­ber Tarik había de­mostrado la debi­lidad visi­go­da y las grandes posibilidades de ganar botín. El mismo año otra expedición naval saqueó las Baleares, una posesión bizantina muy alejada de sus bases y sin guarniciones suficientes.
Al morir Vitiza en 710, el conflicto dinástico entre su sucesor Rodrigo y el pretendiente Akila provocó que este pi­die­ra ayuda a los mu­sulma­nes. Musa tenía inte­rés en en­viar a los vio­lentos berebe­res a la Pe­nínsula para li­brar­se de ellos y estos querían el botín para compensar la ruina en que les había sumido la reciente guerra.
El general Tarik con­si­guió que le dejara pa­sar el conde Julián, que tal vez fuera el gober­na­dor bizantino de Ceu­ta, pero que según las fuentes árabes era un godo gobernador de Cá­diz (Ga­deyra o Al-haday­ra), posiblemente con la responsabilidad de la seguridad en el Estrecho de Gibraltar. Ta­rik llevó a Algeciras en abril del 711 un ejérci­to de unos 7.000 hom­bres, la mayoría berebe­res a caballo, que vencie­ron sin difi­cultades a Rodrigo en la bata­lla del río Gua­dale­te (ju­lio de 711). El ejérci­to vi­si­go­do había llegado apre­su­rada­mente del nor­te, com­pues­to en gran par­te por siervos mal en­trenados y poco dis­ci­plina­dos, y además Tarik contó con el apoyo de los par­ti­da­rios de Aki­la, que formaban las alas del ejérci­to visi­godo y se vol­vieron contra el centro en plena batalla. Ro­drigo parece que mu­rió en el combate, aunque algunas fuentes señalan su muerte años después en un combate cerca del Duero.
La con­quista.
Acto seguido em­pren­dieron la sis­temática conquista Tarik y gobernador de África, Musa, llegado muy pronto con su hijo Abd-al-Aziz y grandes re­fuerzos, con los que el ejérci­to musulmán ascendió hasta 18.000 hom­bres. Los viti­zanos, que espe­ra­ban que los musulmanes se retirasen pron­to para de­volver el trono a Akila, y los judíos, abrieron las ciu­da­des a los invaso­res, sal­vo en Mérida, ocupada en 713 tras un largo asedio.



La conquista islámica. Mapa tomado de Kalipedia. com.


Aki­la, mientras tanto, creó un reino godo vasallo en el Levante, desde Valencia hasta la Septimania, pero hacia 720 pactó con los musulmanes quedarse con unas tierras a cambio de su abdicación. Hacia 714-716 la lucha militar ya había con­cluido, ex­cepto en los re­fu­gios inaccesi­bles del Nor­te, dema­siado pobre para inte­resar a los nuevos señores.

Los musulmanes fueron recibidos sin resis­tencia por el campesi­nado, los arte­sanos y comerciantes de las ciudades, y los judíos, en suma por todos los oprimidos por los visigodos y que esperaban mejo­rar su condición. Muchos nobles visigodos, como Todmir (Teodomiro) en Mur­cia, no hu­yeron sino que pac­taron mantenerse en sus terri­torios a cambio de sumisión política y ofrecer pagar im­puestos y dar apoyo mi­litar, y la mayoría de los nobles se convertieron muy pron­to al Is­lam: por ejemplo, los Banu Quasi, que serían casi inde­pendientes en Tudela durante los siglos VIII y IX, eran nobles visigodos convertidos.
Las debilidades de la conquista.
La conquista, empero, sufría unas evidentes debilidades: la escasa población islámica para ocupar tan amplio territorio, la nula implan­tación en las zonas montañosas sobre todo en el Norte, y las enconadas luchas entre árabes y bere­beres e incluso entre las distintas tribus de estas dos etnias.
El avance y el retroceso en Francia.
El impulso conquis­tador se extendió hacia Fran­cia. Los ataques comenzaron muy pronto, en 717, saqueando el sur francés y siguieron las expediciones en los años siguientes, por los valles del Ródano y el Garona, hasta llegar al Loira. Se conquis­tó la Narbonense y hacia 730 pare­cía que el débil reino merovin­gio sería el siguiente en caer, pero su mayordomo (un cargo equivalente a ministro principal) Car­los Martel los de­rrotó en la decisiva batalla de Poitiers (732), donde el emir Abd-al-Rahman al-Gafiqui murió jun­to a la mayoría de sus jine­tes, lo que detuvo el avance mu­sulmán e ini­ció su retroceso, además de servir de legitimación a la futura dinastía carolingia, que daría un emperador tan famoso como Carlomagno, nieto del vencedor de Poitiers.
1.2. EL EMIRATO DEPENDIENTE.
El periodo del Emirato Dependiente del Califato de Damasco dura desde 711 a 756. A Musa ibn Nusayr le sucedió en 714 su hijo Abd-al-Aziz, que se casó con Egilona, viuda del rey Rodri­go. Esta­bleció numerosos tratados de capi­tulación con los te­rra­tenien­tes visigodos (Todmir en Murcia, los Banu Quasi en Tudela y los hijos de Vitiza), en los que se les reconocieron sus de­rechos de pro­pie­dad a cambio del pago de una contribución te­rritorial (ja­ray). Fue asesinado cuando, al parecer, planeaba independizar­se.
Le suce­dieron hasta 20 gobernadores, dependientes del emirato africano de Kairúan y sólo a veces nombrados por los califas de Damasco, a lo largo de cuarenta años, marcados por los constantes conflic­tos internos. Las pocas tierras que quedaban para repartir entre los ocupantes árabes y be­reberes debido a los pactos con los nobles visigodos, y los conflic­tos étnicos explican las frecuentes lu­chas intesti­nas, con nu­mero­sas rebe­lio­nes de cris­tia­nos, be­re­beres y ára­bes. Por ejemplo, la gran revuelta be­reber de 740 fue derrota­da por los ára­bes con el apo­yo de un ejército sirio del quraysí Baly que había llegado con 7.000 hom­bres.


1.3. EL EMIRATO INDEPENDIENTE DE CÓRDOBA.

El periodo del Emirato Independiente se extiende entre 756 y 929, cuando fue sustituido por el califato omeya independiente.
Abd-al-Rahman (731-788), un descendiente de los omeyas de Da­masco que habían sido exterminados por los abasíes en 750, llegó a Almería (755) tras pasar grandes peligros, y acau­di­lló una coali­ción de descon­tentos (bereberes, yemeníes y sirios) contra el gobernador abasí Yusuf al-Fihrí. Venció en Alameda, cerca de Córdo­ba, e ins­tauró a los 25 años de edad el emi­rato omeya de Córdoba, declarado oficialmente independiente en 773.
Abd-al-Rahman I.
Abd-al-Rahman I (756-788) fue inde­pen­diente en lo po­lí­tico de Bag­dad, pero fiel a este en los temas re­li­giosos, por lo que se limitó a titu­larse emir (príncipe).
Se apoyó sobre todo en la aris­to­cra­cia siria quray­sí y los clientes ára­bes de los omeyas. Formó un ejército de mercenarios y lu­chó contra nume­rosas rebe­liones de cris­tianos, yeme­níes y bere­beres, y rechazó los inten­tos abasíes de recuperar Al-Anda­lus. Fue el promotor de las pri­meras obras de la gran mez­quita de Córdo­ba.
En su tiempo Car­lo­magno intervino para crear una Marca Hispá­nica al norte del Ebro y apoyar las revueltas de los go­bernado­res fronteri­zos. Conquistó Gerona (785), pero fue derro­tado en Roncesvalles (787) por los hispanos del norte, que tam­bién aprovecharon la debilidad omeya para avanzar hacia el sur.
Hisam I.
Le sucedió Hisam I (788-796), tras una guerra civil con su hermano Sulaiman. Guerreó contra los cristianos y saqueó Oviedo. Adoptó la tradición de la escuela jurídica malikí, muy conservadora.
Al-Hakam I.
Al-Hakam I (796-822) hizo frente a numerosas rebeliones, como la del arrabal de Córdoba en 818, tras la cual numerosos rebeldes fueron exilia­dos a Fez y otros conquistaron la isla de Creta, y la revuelta de Toledo, re­primida en la famosa jornada del foso. Con­troló más estrechamente el va­lle del Ebro, donde se habían rebelado los muladíes Bani Qasi.
Los cristianos se aprovecharon del desorden y avanzaron: Pamplona se independizó (799), los asturianos tomaron Compostela (800) y los francos se apode­raron de Barce­lona (801).
Abd-al-Rahman II.

Abd-al-Rahman II (822-852), ante la inestabili­dad po­lítica de su reino, reorganizó la administración y prosiguió la lucha con­tra los rebeldes mozára­bes, muladíes y bereberes, así como de las ciudades de Mérida, Toledo y los ataques de los cris­tianos del Norte. Asimismo repelió un feroz ataque nor­mando a Sevi­lla (844). En su tiempo surgió la crisis religiosa de los már­tires mozára­bes (850-862). Protegió las letras y las artes, completando la primera ampliación de la mezquita de Córdoba.



Ampliación de Abd-al-Rahman II en la mezquita de Córdoba.

La crisis de la segunda mitad del siglo IX: Muhammad I, Al-Mundir y Abd Allah.
Sus suce­sores, Muhammad I (852-66), Al-Mundir (866-888) y, Abd Allah (888-912) padecieron numerosas y largas revueltas de los muladíes en las marcas fron­te­rizas, sobre todo en Zara­go­za (los Banu Qa­si), Mérida (Ibn Marwan), Toledo (en varias ocasiones), Sevi­lla (se in­dependizó brevemente en 890) y numerosas ciudades, así como de los mozárabes en Andalu­cía, dirigidos por Ibn Haf­sun. El país casi se desin­tegró durante varios decenios en pequeños territorios cuasi independientes, mientras la presión cris­tiana ocu­paba el lado norte del río Due­ro. La úni­ca victo­ria des­tacable fue la con­quis­ta de las Ba­lea­res (902).
1.4. EL CALIFATO DE CÓRDOBA.
Abd-al-Rahman III.
En medio de la gravísima crisis apareció un salvador: el emir Abd-al-Rahman III (912-961) comenzó su gobierno sobre un territorio redu­cido apenas a la capital. Los rebeldes dominaban el resto del país y el emir emprendió duras campañas que extendieron su do­minio por todo Al-Andalus, entre 916 y 932, tomando las pla­zas re­beldes de Bo­bastro (928), Ba­dajoz (930) y Toledo (932), mien­tras que en la lejana Marca Superior recono­cía a los gobernado­res se­miindependientes de Zaragoza, Tudela y Hues­ca, a cambio de que le prestaran servicios fiscales y militares.
Se proclamó califa en 929, independizándose así por com­pleto de Bagdad al completar con un poder religioso su previo poder político. La unidad interior le permitió entonces intervenir más activamente en el exterior, para lo que creó una gran base naval en Almería e inició una política expansiva en el norte de África, ocupando Me­lilla en 927, Ceu­ta en 931 y Tán­ger en 951, en lucha contra el impe­rio fa­timí que se había separado a su vez del califato de Bagdad. Los fatimíes replicaron con el saqueo de Alme­ría en 955 y limitando el dominio omeya a aquellas plazas citadas.
También luchó contra los reinos cris­tianos en las lí­neas fronterizas del Duero y los Piri­neos. Venció en las batallas de Valdejunque­ra (920) y Pam­plo­na (924), aunque fue vencido en San Este­ban de Gormaz (917) y Simancas (939), e intervino en la política interna de León apoyan­do al pretendiente Sancho I.
La re­forma monetaria, basada en el bimetalismo (dinar de oro, dirhem de plata, en una rela­ción 1/10) y el comercio de oro con África a través de la ruta del Sudán, acrecentaron el desa­rrollo económico y comer­cial y permitieron pa­gar la gravosa política centralizadora y militarista. Al-An­dalus era entonces una gran po­ten­cia del Medi­te­rráneo Occiden­tal.
Córdoba era la mayor ciudad de Europa Occidental, compa­rada con exageración por los escritores islámicos incluso con Bagdad. La parte central estaba protegida por una muralla de 4 kilómetros de longitud, con siete puertas. En sus 29 arraba­les vivían entre 100.000 y 250.000 personas. Se amplió el patio y se erigió el alminar de la mezquita, y se amplió el alcá­zar y se construyó la cercana ciudad-palacio de Medi­na al-Zaha­ra. Su escuela de medicina era la primera de Eu­ropa.
Al-Hakam II.
Al Hakam II (961-976) era un califa muy culto, que reunió en Córdoba la mayor biblioteca de Occidente. Su poder se expandió por el nor­te de África, lo que favoreció una masiva inmigración bereber. En conjunto fue un gobierno de paz y prosperidad, simbolizada en la bellísima segunda ampliación de la mezquita de Córdoba.
Hisam II y Almanzor.
Hisam II (976-1009) fue, por el contrario, un ca­lifa dé­bil, some­tido a la autoridad del favorito, el hayib (primer minis­tro) Ibn Abi Amir, llamado Al-Man­sur (en castellano Almanzor, el Victorioso) desde 978, que construyó la ciudad pala­ciega de Medina al-Zahira desde 979 y reorganizó el Estado para hacer la guerra: sus 53 campañas contra los cris­tianos le dieron un gran prestigio. Saqueó entre otras ciudades Zamo­ra (981), Barcelona (985), León (988) y Santiago (997). Mu­rió en Medinace­li tras la indecisa batalla de Catala­ñazor (1002). Pero la política belicista no había logrado au­mentar el te­rritorio y agotó fis­calmen­te al Es­ta­do, aumentando demasiado la importan­cia del ejército mercenario de bereberes y eslavos. Estos fac­tores negativos pre­pa­raron la cri­sis que llegó poco después.
La crisis final.
A la muerte de Almanzor en 1002 sus dos hijos le sucedieron como visires, primero Abd-al-Malik, que siguió sus triunfales campañas, y después Abd-al-Rahman Sanchuelo, que asesinó (1008) a su herma­no y conseiguió que el califa le nombrase sucesor al tro­no, lo que conci­tó la rebe­lión de los nobles omeyas, que le asesinaron. Estalló una larga gue­rra ci­vil (1009-1031), sucediéndose hasta siete califas omeyas tres bereberes de la tribu hamudí, que sus­titu­ye­ron al abdicado Hisam II, ju­guete de in­trigas en­tre todos los ban­dos y que mu­rió en fecha incierta. A la muerte del último cali­fa, Hisam III (1029-1031), se aboli­ó el cali­fato y se consolidó la división del país en 1031. Las ciu­dades pala­ciegas de Medina al-Zahara y Medina al-Zahira fue­ron des­truidas en esta época por los bereberes.
1.5. LOS PRIMEROS TAIFAS.
El periodo de los primeros Taifas dura entre 1010 y 1094 aproximadamente.
Los árabes, bereberes y muladíes organizaron numero­sos Esta­dos, llamados Taifas (banderías o divisiones), de los cuales destacaron por su extensión y duración los árabes de Sevi­lla y Zara­goza, los bereberes de ­Granada, Tole­do, Bada­joz y Albarra­cín, los eslavos de Va­lencia (con una dinastía de descendientes de Almanzor) y Denia (que comprendía las Baleares).





El reino dominante fue el de Sevilla, dirigido por Al-Mu­ta­did y su hijo, el cul­to Al-Mutamid, hasta su deposición por los almo­rávi­des en 1091. La mayoría fueron reinos prósperos y de gran nivel cul­tu­ral, que imitaron la estructura política de Córdoba aun­que nunca se otorgaron la dignidad califal, pero su división y la falta de otra legitimidad que la militar les llevó a sufrir cons­tantes guerras civi­les y entre sí por alcanzar el predominio, lo que favo­re­ció la expan­sión caste­llana desde el Norte, dirigida sobre todo por el rey castellano-leonés Alfonso VI, que con­quistó Toledo en 1085 e impuso cuan­tiosos tributos a los musulmanes, las parias, a fin de mantener una precaria paz.
1.6. LOS ALMORÁVIDES.
La creciente amenaza cristiana provocó la intervención de los almo­rávi­des, un Estado del norte de África muy radical religiosamente, que de­rrotaton a Alfonso VI en Zalaca (1086) y poco des­pués eliminaron a los pri­meros Taifas. Comenzaron unos años de rebeliones de la po­blación musulmana contra los nuevos señores bereberes y de lu­chas contra los cris­tianos. Pronto los almorávides re­cibieron la influencia de Al-Anda­lus y perdieron su ardor bélico.
1.7. LOS SEGUNDOS TAIFAS.
La rebelión en el norte de África de los almohades, todavía más radicales, redujo pronto el poder almorávide y permitió la aparición de los segundos reinos Tai­fas durante unos pocos años, desde 1147 hasta 1172, en lucha contra los almohades que progresaban desde el sur. Destacaron los núcleos de resistencia de Ibn Mardanis en Valencia, Ibn Hamusk en Murcia y, sobre todo, de los almorávides Ibn Ganiya en las Baleares, que pervivieron desde 1146 hasta 1205 e incluso llegaron a amenazar a los almohades en África.
1.8. LOS ALMOHADES.
Los almohades desembarcaron en Al-Andalus en 1150 y se apoderaron del país en la segun­da mitad del siglo XII, con el fin de combatir la ofensiva cristiana. Obtuvieron una gran victoria en Alarcos (1195) pero los al­mohades tam­bién re­ci­bieron la influen­cia enervadora de Al-Anda­lus y comenzaron su decadencia. La lucha entre Castilla, con Alfonso VII y VIII y los musulmanes se man­tuvo empatada hasta la gran bata­lla de las Navas de Tolosa (1212), en la que una cruzada aplas­tó definiti­vamente a los almohades, que ya no se recupera­ron.
1.9. LOS TERCEROS TAIFAS.
Entre 1214 y 1224 aparecieron los terceros reinos Taifas, entre los que destaca el de Granada bajo la dinastía nazarí, iniciada en 1238 por Muhammad I en las actuales pro­vin­cias de Almería, Granada y Málaga, con el título de sultán, el estatus jurídi­co de los gobernantes nazaríes y no el de rey, un término propiamente cristiano.
Otros Estados importan­tes fueron los de Valen­cia, Mur­cia y Sevilla, que al final se unieron con Ibn Hud hasta su ase­sinato en 1238, pero sufrieron la rápida ofensiva cristiana, que los redujo en pocos decenios. En 1225 Fernando III de Casti­lla (en 1230 también rey de León, en una unificación que será definiti­va) invadió An­dalu­cía. Córdo­ba cayó en 1236 y Sevilla en 1248, mientras Granada fue so­metida a vasa­llaje. En el Levante Jaime I de Aragón conquistó las Ba­lea­res: Mallor­ca en 1229, Ibiza en 1235 y Menorca se sometió a va­sallaje hasta su con­quis­ta definitiva en 1284; y conquistó el territorio de Valen­cia en 1232-1250, e incluso Murcia, aunque la entregó a Castilla poco después.
La lucha contra granadinos y benimerines continuó a in­tervalos hasta 1340, fecha de la victoria cristiana del río Salado, y la posterior conquista de las plazas del estrecho de Gibraltar.
1.10. GRANADA.
Granada, desde su constitución como reino en 1238, se con­virtió en el último y esplendo­roso refugio de todos los musul­manes que huían de las tierras con­quistadas por los cristianos. Se mantuvo independiente hasta 1492 gracias, al princi­pio, a la aceptación de un vasallaje que incluía el pago de tributos y prestar ayuda militar a Castilla, aunque hubo esporádicas alian­zas con los be­nimeri­nes con el fin de dominar el estrecho de Gibraltar. La derrota del Salado (1340) puso punto final a estas pretensiones y a su alianza con los benimerines, adoptando desde entonces una política de aislamiento, que se benefició además de la crisis castellana entre 1348 y 1476 para sobrevivir sin graves pérdidas territoriales.
Se calcula que en los 30.000 km² que tenía el reino grana­dino vivían unos 700.000 habitantes. Debido a la relativa gran den­si­dad de población y la proximidad de África, Granada se trans­formó en un gran mercado y en puer­ta de entrada de los pro­ductos orientales en Europa y especial­mente del oro procedente del Su­dán. Los genoveses controlaban su co­mercio exterior, que pasó sobre todo por el puerto de Málaga.
El reino sufrió empero luchas intestinas, debido al poder de la nobleza territorial, y esto debilitó su poder mi­li­tar y preci­pitó el final en el reinado de Abulhasán, quien padeció la di­visión del reino en dos bandos, los zegríes y los abencerrajes, dirigidos respectivamente por su hijo Boabdil y su hermano El Zagal. En 1478 la guerra con los reyes de Castilla y Aragón, el matrimonio de Isabel I y Fernando IV, estalló cuando los granadinos se negaron a pagar el tri­buto y tomaron Zahara, donde pasaron a cuchillo a la población cris­tiana. Los cristianos reaccionaron tomando Alhama en el centro del reino, lo que desencadenó una revuelta en Granada, que elevó al trono a Boabdil, en áspera lucha con su tío El Zagal.
La guerra fue larga (1482-1492) y difícil. La primera fase (1482-1483) consistió en simples guerrillas y golpes de mano. La segun­da fase fue mucho más metódica en la toma de las ciudades mediante si­tios con abundante artillería, y se aisló pro­gresivamente la capital con la toma de Málaga (1487), Almería (1489), hasta llegar al largo asedio de Granada (1489-1492), con cuya caída ter­minó en 1492 la conquista del último re­ducto musulmán en la Penín­sula. Los musulmanes lograron en la rendición un acuerdo de respeto de su religión y cul­tura, que a la larga no fue cumplido, pues en 1502 Cisneros les obligó a convertirse o partir al exilio, naciendo entonces el pro­blema de los moris­cos, los musulmanes convertidos exteriormente al cristianismo pero que conservaban su religión, lengua y costumbres.


2. ORGANIZACIÓN ADMINISTRATIVA Y MILITAR.

Este capítulo estudia el modelo omeya, el más repre­sentativo de Al-Andalus.
Los emires y califas.
El emir Abd-Al-Rahman II fue el más importante reorganizador de la ad­ministración, implantando un modelo de centralización del gobierno.
Los emires controlaban inicialmente el poder político y militar, pero no el religio­so, que se reconocía al califa de Bag­dad. Pero desde que el emir Abd-Al-Rahman III se proclamó ca­li­fa en 929, reunió el po­der políti­co, mi­litar y reli­gio­so, sólo media­tizado este por el Co­rán y la Tradición. No había un orden sucesorio establecido, lo que provocó frecuentes guerras civiles y derrocamientos, y a la postre favoreció el final de la dinastía omeya.
La administración.
Los altos cargos eran nombrados por el emir o califa.
El hayib era el primer mi­nistro y los wa­sir eran los mi­nis­tros (vi­sires). Las provincias tienen sus valíes (go­bernado­res) y había marcas mi­litares go­bernadas por caídes (generales). También se llamaba cadíes a los jueces y adminis­trado­res de las ciu­dades. Los cargos locales de provincias y ciudades a menudo se rebela­ron en situaciones de crisis y consiguieron la independencia, como ocurrió con los reinos Taifas.
La Hacienda.
La Hacienda se nutría del diezmo (limosna) de los musul­manes, y so­bre las po­bla­ciones cristiana y judía (hasta su con­versión) los impuestos personal (yizya), territo­rial sobre la pro­piedad (ja­ray), sobre el gana­do y los mercados (gabala). Al final estos impuestos se extendieron sobre toda la población, al disminuir las rentas por la conversión de la mayoría de los cristianos. Ade­más había las ren­tas de las pro­pie­da­des del emir y el botín de las campa­ñas (ga­ni­ma).
El ejército y la marina.

El ejército era numeroso. Se distinguía el servicio volun­tario para las guerras santas (muy poco organizado y entrenado, su valor militar era escaso), un pequeño ejército pro­fesional des­tacado en las for­talezas de la fronte­ra y el ejército acan­tonado en Córdoba, formado por los merce­narios cris­tianos, es­lavos y bereberes, que eran el verda­dero núcleo del ejército de campaña con Almanzor y serían la per­di­ción del califato a prin­cipios del siglo XI. El papel de los mercenarios creció más en los siglos siguientes.
La marina comenzó a formarse con Abd-al-Rahman II para combatir a los piratas normandos, y alcanzó su cenit en el siglo X con Abd-al-Rahman III, contando con puer­tos en Al­mería, Algeciras, Sevilla, Denia y Tortosa.
El poder religioso.
Los omeyas se apoyaron en la secta malakí, de credo ortodoxo y pu­ritano, para oponerse al califato abasí, más tolerante. La organización poco jerárquica del sacerdocio musulmán y la multiplicidad de sectas, la mayoría radicales, favoreció la división interna de Al-Andalus.


3. SOCIEDAD.

Nuevamente el modelo del periodo omeya es representativo de todo el periodo.
3.1. LA POBLACIÓN.
La población era de unos 7 millones de habitantes en el periodo más próspero, en el siglo X, concentrada en los valles del Guadalqui­vir y Ebro, siendo las Mesetas zonas bastante despo­bladas, es­pecialmente la submeseta norte. En con­traste, los reinos cris­tianos, todos juntos, no debían tener más de medio millón de habitantes.
3.2. LA SOCIEDAD.
La estructura étnica.
El pueblo musulmán (al amma) reúne a todos los adeptos al Islam, sin establecer diferencias étnicas y sociales, pero en la práctica hay una rígida separación.
La minoría árabe, organizada en tribus, se estableció en los latifundios del valle del Guadalquivir y dominaba el poder político.
Los bereberes integraban la mayoría de los invasores y se establecieron en la Meseta como ganaderos y como mercenarios en el ejército. Llegó una masiva emigración bereber en el siglo X.
Los eslavos y otros grupos minoritarios, llegados como esclavos y a menudo liberados después, ocuparon importantes cargos en el ejér­cito y la administración. En cambio, los esclavosnegros libertos no consiguieron progresar, aunque eran importantes demográficamente en algunas zonas como Huelva.
Los hispanovisigodos eran la in­men­sa mayoría, aunque divi­didos en conversos al Islam (muladíes, mawlas o maulas) y cristianos (mozárabes).
La estructu­ra religio­sa.
La división en tres religiones irreconciliables en el fon­do marcó el desarrollo de la sociedad de Al-Andalus. Los prime­ros siglos fueron de aceptable convivencia, rota desde el siglo XI. En 863, bajo Muhammad I, llegó a celebrarse un concilio conjunto de las tres religiones.

Los musulmanes se dividían entre la minoría de origen ára­be y los conversos (los bereberes y los muladíes hispanovisigodos). En general trataron a los cristianos y los judíos con gran respeto durante los primeros siglos, pues eran “gente del Libro” (la Biblia), pero el fanatismo creció a partir del siglo XI, con la llegada de los radicales almorávides y almohades, y se perdió la tradición de tolerancia.
Los judíos eran numerosos, so­bre todo en las ciuda­des (To­ledo, Córdoba, Sevilla, Granada, Lucena, Zaragoza, Palma de Mallorca), y desempeñaban ofi­cios li­be­rales, de artesanía, comercio, finan­zas... Ocupa­ron importan­tes cargos durante los periodos del Califa­to y los Taifas, pero su­frieron persecu­cio­nes religio­sas también desde el siglo XI, por el fana­tismo de los almo­rá­vides y al­mohades, por lo que la mayoría emigró a la España cristiana.
Los hispanovisigodos se dividie­ron en dos grupos, de acuerdo a su reli­gión. El grupo mayoritario al final fue el de los mula­díes. Los mo­zárabes fueron bien tra­tados en general, salvo cuando hacían proselitismo en público, lo que provocó algunos martirios. Man­tuvieron su fe cristia­na, sus leyes y costum­bres; pa­gaban un impuesto personal (yiz­ya) y un tributo terri­torial (jaray). Muchos se islamizaron en cos­tum­bres y len­gua, un primer paso hacia su posterior conversión al Islam.
En los territorios reconquistados por los cristianos los musulmanes se que­daron a menudo como una pobla­ción dominada, formando los mudéjares, más tarde llamados mo­riscos. Al principio los reinos cristianos les respetaron, pero creció la intolerancia y aca­baron concentrán­dose en Valen­cia y Aragón, dedicados sobre todo a trabajos agríco­las, arte­sanales y de albañilería.
La estructura social.
La estructura social reproducía en gran parte la anterior división étnica y religiosa.
La aristo­cracia (jassa) era el pi­lar de la dinastía ome­ya y se re­ser­vaba los me­jores puestos de la adminis­tración civil y mili­tar, así como el co­mercio y la ex­plotación de las mejores tie­rras, sin pagar impuestos.
La burguesía urbana estaba formada por comerciantes, arte­sanos, funcionarios... Muchos eran judíos, eslavos y mozárabes.
La plebe urbana era la mano de obra y estaba formada por campesinos emigrados, tanto muladíes como mozárabes.
El campesinado era el grupo mayoritario, dedi­ca­do a la agri­cultura, sobre todo los muladíes y mozárabes, y a la ganadería lanar y caprina, en espe­cial los pas­to­res be­rebe­res. Los esclavostenían una condición social bastante aceptable porque podían manumitirse si se conver­tían al Islam. Eran la base del poder militar del califa y los provenientes de Rusia (eslavos, de donde viene la palabra es­clavo) llegaron a fundar reinos de Taifas en Valencia y Denia (que incluía Mallor­ca).
La conflictividad étnica, religiosa y social.
La aristocracia se dividía por su origen étni­co en dos grupos histó­rica­mente enfrentados: la nobleza de san­gre ára­be, descendiente de los primeros conquistadores, y la nobleza de ser­vicio formada por esla­vos y bereberes, de origen posterior.
Los mula­díes recién con­ver­ti­dos al Is­lam eran tra­ta­dos como ciu­da­danos de segunda y so­metidos a la opre­sión fis­cal, por lo que eran muy procli­ves a la rebe­lión, bajo una legi­tima­ción reli­giosa y so­cial.
La islamización de muchos mozárabes, al final del siglo IX, provocó que ­San Eu­lo­gio de Cór­doba encabezase un movi­miento de oposición que pro­ponía un retor­no a los princi­pios cristia­nos y un recha­zo de la orientaliza­ción, y los musulmanes reaccionaron con condenas por los delitos de blasfemia a Alá y Mahoma, que produjeron muchos mártires. Más tarde, los mozá­rabes sufrieron la represión de los almorá­vi­des, hacia 1100, lo que for­zó a la mayoría a emigrar al Norte cristiano, don­de repo­blaron mu­chos te­rrito­rios.
Además, los campesinos llegados a las ciudades no se adap­taban fácilmente a la vida urbana. En suma, la pobreza y la marginación social explican la gravedad de los problemas de delin­cuencia y bandolerismo que fueron endémicos en Al-Anda­lus en las peores épocas de crisis.
Esta conflictiva división étnica y social, junto a los aconte­cimientos políticos (la caída del Califato, las luchas de los Taifas, la Reconquista cristiana y las invasiones de almo­rávi­des y al­moha­des) explican en gran parte la decaden­cia de la sociedad musulmana de Al-Andalus, incapaz de competir con unos reinos cristianos mucho más homogéneos.
En el reino de Granada, en cambio, hubo una notable homo­geneidad étnica y religiosa, pues casi toda la población se había fusionado y era musulmana. Empero, persistieron las diferencias tribales heredadas, lo que explica muchas de las gue­rras civi­les del reino nazarí.
3.3. LA VIDA URBANA.
El modo de vida islámico es predominantemente urbano, de­dicada al comercio y la artesanía. Muchas ciudades actuales conservan aún la caótica estructura urbana propia de las ciuda­des islámicas. La cultura árabe fue el patrón de vi­da, aunque se hablaba por lo general una lengua arábigo-romance, mezcla del árabe y del latín. Pero la mayoría de la población era cam­pesina y era proclive a la heterodoxia y la revuelta.

Las ciudades más importantes eran Córdoba, con unos 200.000 habitantes en el siglo X (las fuentes escritas exageran su importan­cia), seguida a mayor distancia por Sevilla, Málaga, Alme­ría, Va­lencia, Zaragoza, Badajoz, Toledo, Murcia o Palma de Mallorca (llamada Madina Mayurqa).



Modelo de ciudad islámica con ciudadela en la parte superior, medina central y arrabales.


La ciudad se dividía en una medina central, a menudo protegida por una muralla interior, y unos arrabales exteriores sin tanta protección. En la me­dina se hallaba la mezquita principal (aljama), el alcázar mi­litar y el zoco. En los arrabales se asentaban por zonas los diferentes grupos sociales y étnicos.
3.4. LA VIDA CAMPESINA.
Después de los primeros años de liberación del campesinado vol­vió la servidumbre, con una pre­sión fiscal agobiante y mu­chos campesinos emigraron a las ciudades.
La aristocracia árabe se apoderó de las mejores tierras abando­nadas durante la con­quista y des­pués de ella durante las gue­rras civiles y las re­vueltas. Mu­chos nobles visigodos con­serva­ron sus tierras y ren­tas al someterse. Las tierras abando­nadas se dividieron entre el Estado (1/5) que las explotaba o arren­daba, y los jefes con­quista­dores (4/5), siendo explotadas por un régimen de aparce­ría, por el cual el cultivador (xaric) en­tregaba entre 1/4 y un 1/2 al propietario (amir).
La ma­yoría de los cam­pesi­nos eran mula­díes y mozá­ra­bes, vi­vien­do como co­lo­nos, apar­ceros y peque­ños pro­pietarios.
Los be­rebe­res vivie­ron sobre todo en las mon­ta­ñas, dedica­dos a la ganade­ría lanar y caprina.


4. ECONOMÍA.

Evolución.
Hay tres etapas en la economía:
1) Una autarquía agraria, del 711 al 830, marcada por la ocupación de los la­tifundios hispanovisigodos.
2) Un desarrollo de la economía co­mer­cial-monetaria, hasta el 1000, salvo depresiones (880-925) oca­sionadas por la interrup­ción de la ruta del Sudán.
3) Una etapa de decadencia, desde el 1000. Los pagos de las parias a los reinos cristianos y el posterior dominio de los almorávides y almohades interrumpió la prosperidad, recuperada al final en el pequeño reino de Granada.
4.1. ECONOMÍA AGRARIA.

La economía era fundamentalmente agraria.

Se basaba en la agricultura de secano de los cereales y el oli­vo, dedicando la escasa vid a las pasas, y la agricultura de rega­dío, con magníficos sis­temas hidráulicos (canal y acequia son pa­la­bras árabes) y nuevos cul­tivos (arroz, algodón, naran­jos, limo­neros, caña de azúcar).
La gana­dería era extensiva, destacando la ovina, la caprina y la mular.
4.2. EL COMERCIO.
El comercio enri­que­ció a una minoría social, con una fuerte repre­sen­ta­ción de judíos bien relacionados en el resto del mundo musulmán. Los zocos urbanos y los edificios de­dicados al comer­cio (alcai­ce­rías y alhóndigas) es­taban reple­tos de tiendas y talleres.
Al-An­dalus era el puente entre el Islam y Occi­dente, con un activo intercambio de artículos de lujo (seda, papel, armas, joyas, libros, especias), oro, pla­ta, esclavos y ganado. Los puertos más importantes eran Alme­ría, la vecina Pechina (du­rante un tiempo incluso fue una república maríti­ma), Má­laga, Sevi­lla, Valencia... Se exporta­ban productos tex­ti­les a Egipto, a la Meca y al lejano Ye­men, espe­cialmente telas teñi­das.
Era esencial su papel en la ruta del oro del Sudán, desde Tombuctú al Mediterráneo, que pasaba a través de Al-Andalus a Europa. El comercio con Orien­te fue mucho má­s intenso en la época ca­lifal que du­rante las épo­cas de crisis de los siglos XI-XIII y durante el periodo nazarí. No obstante, Gra­nada continuó man­te­nien­do una importan­te acti­vidad artesanal y comer­cial.
4.3. LA ARTESANÍA.
La artesanía era de una calidad excelente, especialmente en telas, curtidos en piel y cerámica. La fama de las telas cordobesas y granadi­nas era reconocida y apreciada por todo el mundo islámico. La industria naval (Almería) y de armas (Toledo) era muy prós­pera.
4.4. LA MONEDA.
El sistema monetario omeya, un bimetalismo de dinares de oro y dirhems de plata oros, se difundió por la España cristiana y por Europa, e incluso la reforma monetaria de Carlomagno en 780 se basó en el dirhem cordobés. Abd-al-Rahman II se vio obligado a acuñar feluses de bronce, lo que provocó una fuerte inflación, pero la salud monetaria se recuperó en época de Abd-al-Rahman III, que promulgó su monopolio de la acuñación al principio de su emirato en 912, con un bimetalismo de los dinares de oro y los dirhems de plata, con una relación 1/10, y supri­mió los feluses.
Perduró este sistema hasta el siglo XIII, cuando la ruta del Sudán se desvió en parte hacia Egipto y en parte hacia Portugal y Genova, lo que disminuyó el suministro de oro.


5. CULTURA.
5.1. LITERATURA.


Destaca, como en todo el Islam, la poesía, que pronto se arabizó por completo al difundirse la lengua árabe y el Islam entre la población autóctona. Pero se conservó la lengua roman­ce, hablada por gran parte de la población mozárabe y muladí.
Las influencias literarias predominantes eran la cristiana y la oriental (el cantor bagdadí Ziryab introdujo la moda abasí en época de Abd-al-Rahman II). Las bibliotecas de Córdoba eran fa­mosas. En la época califal el amor por los li­bros y la cultura eli­tista llegó a su esplendor, con la biblio­teca de Al Hakam II y su círculo de intelec­tuales, casi todos poetas, Al-Gazal, Ibn Da­rray, Ibn Hayyam, Ibn Suhayd e Ibn Hazm, autor del célebre El Collar de la Paloma, un poe­ma-tratado del amor. Entre los his­toriado­res des­tacan Ahmad al-Razi, con Crónica del moro Rasís, y Al-Jusaní, con Historia de los jueces de Córdoba.
5.2. FILOSOFÍA.
La ortodoxia de la secta de los malakíes explica que la filosofía ape­nas se desarrollará en la época omeya. Pero a partir del siglo XI se difundió con fuerza. Destacan Ibn Musarra y, sobre todo, Ave­rroes (Córdoba, 1126-Marraquech, 1198), que fue médico (discípulo de Abentofail), as­tró­nomo, jurista y filó­sofo; concilió la teo­logía islámica con la fi­losofía aris­toté­lica en Comentarios a Aristóteles y otras obras, e influyó mu­cho en Eu­ropa; como médico escribió las Genera­lidades.
El fi­lósofo judío Maimó­ni­des (Córdoba, 1135-El Cairo, 1204), tuvo que abando­nar la península por la intransigen­cia religiosa de los almoha­des. Escribió la Guía de los perplejos, concilian­do la filosofía de Aristóteles, los neoplatónicos griegos y árabes y la religión judía. Se dedicó a la medi­cina, llegó a ser médico de la cor­te de Sa­ladi­no y re­dactó nu­merosos trata­dos de ciencia médi­ca, destacando Aforismos y Tratado de dietética e higiene.
5.3. CIENCIAS.
En contraste fue extraordinario el desarrollo científico: medicina, álgebra, astronomía (Tablas Toledanas de Azarquiel), agricultu­ra (Libro de agricultu­ra de Ibn Wafid)... Las fuentes fueron las traducciones del griego y la experimentación.
Medicina.
Destacan Abentofail, Abulcasim (autor de la Cirugía), Aban Choco, Al-Zarahwi. Médicos y los filósofos Averroes y Maimónides. La mayoría de los médi­cos eran judíos.
Álgebra.
Las matemáticas su­frieron la oposi­ción religiosa de los juristas ortodoxos de Córdoba. Destacan Ibn Nasar (Libro de las dimensiones descono­cidas), Maslama ibn Al-Kasim y Abderramán Ibn Ismail (un com­pendio del Organon de Aristóte­les).



6. ARTE.
El arte islámico es de procedencia oriental, aunque en Al-Andalus está marcado por las influencias visigodas, como el arco de herradura, y romanas. Debido a las creencias religiosas contrarias a la figuración tuvieron escasa importancia las artes plásticas de la pin­tu­ra y la escultu­ra, pero en cambio destacan las artes decorativas, en las que predomina la decoración geométrica (alicata­do), vegetal (atau­rique) y escri­ta (cúfica).
El urbanismo es típico del Islam, de trazado irregular y espacios intimistas. La arquitectura es el arte más importante y se concentra en mezqui­tas y palacios, con ele­mentos característicos de Al-Anda­lus: colum­na, arco de he­rradura, bóveda de arista, cúpula. Los materiales son pobres. Destacan los jar­dines y patios con es­tanques.
6.1. EPOCA OMEYA Y CALIFAL.

Destaca la mezquita de Córdoba, una obra maestra del Occi­dente islá­mi­co. Su obra evolucionó a través de la historia: Abd-al-Rahman I la construyó sobre la an­tigua igle­sia vi­si­goda de San Vicente, según el modelo sirio, aunque con una superposi­ción de arcos típicamente andalusí. Hisam I edificó el pri­mer alminar. Abd-al-Rahman II hizo la primera ampliación de la sala de oració. Abd-al-Rahman III realizó el nuevo alminar, la ampliación del patio y la reforma de la fa­cha­da al pa­tio. Al-Hakam I consiguió la más importante y bella ampliación y Alman­zor culmi­nó la última amplia­ción, la más grande pero la menos bella.
Cerca de Córdoba se fundaron dos ciudades-palacio. La de Medina-al-Zahara es un recinto mu­ra­do, dotado de acueducto, puentes, alcazaba y una zona pala­ciega. De la otra gran ciudad palaciega, Madina-al-Zahira, apenas queda na­da.
6.2. PRIMEROS REINOS DE TAIFAS.

Predomina la arquitectura defensiva, aunque también tene­mos hermosos baños y la Al­jafería de Zaragoza.
6.3. ALMORÁVIDES Y ALMOHADES.
Destacan sus obras en Sevilla, con las murallas, la Mez­quita, la Gi­ral­da, la Torre de Oroy el Alcázar.
6.4. EL REINO NAZA­RÍ.

Destacan dos obras magnas: la Alhambra, un gran conjunto palaciego que es el mejor modelo islámico de su época, y el Ge­ne­ralife, un jardín islámico con pabellones. La Alhambra se organiza alrededor de dos partes fundamentales: el cuarto de Comares y el cuarto de los Leones, con dos grandes patios ajar­dinados que comunican con salones, baños, miradores... profu­samente decora­dos con mocárabes de yesería y cerámica vidriada.


7. INFLUENCIA DE AL-ANDALUS EN EUROPA.

Al-Andalusu fue el puente comercial con la Europa cristiana para muchos productos del Islam, desde el oro subsahariano que activó el comercio en el Románico, has­ta los esclavos y los objetos de lujo, pasando por los nuevos cultivos de hortalizas, cítricos y frutales.
En la cultura transmitió las mayores obras clásicas de la Antigüedad, a través de las traducciones al árabe. En las ciencias su influencia en la medicina, el álgebra, la química... fue determinante. El arte islámico se difundió asimismo en el arte mozárabe y el mudéjar en la España cristiana y parece probable que la cúpula califal y la bicromía de las dovelas de los arcos islámicos influyeron en el románico, así como el arco apuntado llegó al gótico europeo a través de los modelos de Al-Andalus y el norte de África.





BIBLIOGRAFÍA.
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Watt, William Montgomery. Historia de la España Islámica. Alianza. Madrid. 2001 (1970). 209 pp.


PROGRAMACIÓN.
AL-ANDALUS: POLÍTICA, SOCIEDAD Y CULTURA.
UBICACIÓN Y SECUENCIACIÓN.
ESO, 2º ciclo.
Eje 2. Sociedades históricas y cambio en el tiempo. Bloque 4. Sociedades his­tóricas. Núcleo 3. Las sociedades medieva­les.
- Al-Andalus y los reinos cristianos en la Península y otros territorios españoles actuales. Religiones y culturas cristiana, islámica y judaica en la España medieval.
RELACIÓN CON TEMAS TRANSVERSALES.
Relación con los temas de Edu­cación Moral y Cívica, Edu­cación para la Paz.
TEMPORALIZACIÓN.
Cuatro sesiones de una hora.
1ª Documental. Diálogo, con evaluación previa. Exposición del profesor. Cuestiones.
2ª Exposición del profesor. Cuestiones.

3ª Exposición del profesor, de refuerzo y repaso. Esquemas, mapas, línea de tiempo, comenta­rios de tex­tos.
4ª Exposición del profesor, de refuerzo y repaso. Esquemas, co­mentarios de textos, cuestiones planteadas por pro­fesor.
OBJETIVOS.
Conocer la civilización islámica en su primera época de formación y expansión.
Interesarse por otras civilizaciones.
Realizar esquemas, comentarios de textos, mapas históri­cos.
CONTENIDOS.
A) CONCEPTUALES.
La civilización islámica en España.
La conquista y el periodo dependiente de Damasco.
El emirato y el califato omeya de Córdoba. La crisis.
La desintegración de la unidad en los reinos de Taifas.
El periodo almorávide-almohade.
El reino nazarí.
El Estado de Al-Andalus en época omeya.
La sociedad y la economía.
La cultura y el arte.
B) PROCEDIMENTALES.
Tratamiento de la información: realización de esquemas del tema.
Explicación multicau­sal de los hechos históricos: en co­mentario de textos.
Indagación e investigación: recogida y análisis de da­tos en enciclopedias, manuales, monografías, artículos...
C) ACTITUDINALES.
Rigor crítico y curiosidad científica.
Tolerancia y solidaridad.
Valorar la solución pacífica de los conflictos nacionales.
METODOLOGÍA.
Metodología expositiva y participativa activa.
MOTIVACIÓN.

Un documental sobre la Córdoba omeya.
ACTIVIDADES.
A) CON EL GRAN GRUPO.
Exposición por el profesor del tema.
B) EN EQUIPOS DE TRABAJO.
Realización de una línea de tiempo sobre el proceso.
Realización de una pirámide social sobre la sociedad is­lámica y explicación. Comparar con la pirámide de la sociedad romana.
Realización de es­quemas so­bre los aparta­dos.
Glosario de los términos más importantes: emirato, califa­to, taifas, árabe, mozárabe, muladí, bereber...
Realización de mapas sobre la expansión del Islam en Espa­ña y sobre su decadencia.
Comentarios de textos sobre la religión, sociedad y cultu­ra islámicas, como la ciudad de Córdoba, la condición de la mujer, la descripción de Al-Zuhri de las Baleares, etc.
Hacer un pequeño trabajo de indagación, con una síntesis escri­ta, sobre la islamización de las Baleares.
C) INDIVIDUALES.
Realización de apuntes esquemáticos sobre la UD.
Participación en las actividades grupales.
Búsqueda individual de datos en la bibliografía, en debe­res fuera de clase.
Contestar cuestiones en cuaderno de trabajo, con diálogo previo en grupo.
RECURSOS.
Presentación digital con esquemas, textos, imágenes y mapas.
Libros de texto, manuales.
Fotocopias de textos para comentarios.
Cuadernos de apuntes, esquemas...
Documental.
EVALUACIÓN.
Evaluación continua. Se hará especial hincapié en que se com­prenda la relación entre los procesos de Al-Andalus y del resto del Islam, y de la España cristiana.

Exa­men incluido en el de otras UD, con breves cues­tiones y un comentario de texto.
RECUPERACIÓN.
Entrevista personal con el alumno.
Realización de actividades de refuerzo: esquemas, comenta­rio de textos...
Examen de recuperación (junto a las otras UD).

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